Evocación

Llegué hace mil años

cuando Loja dormía,

ascendiendo peldaños

en procura de un día.

Sus callejas olían

a naciente arupos,

do sus aves pedían

el acíbar de frutos.

Sus portales sagrados

adoraban al frío,

abrazaban cansados

la crueldad del estío.

Las mujeres amaban

de sus hombres la sombra

y a escondidas rodaban

sobre cómplice alfombra.

Eran épocas bellas

con alfalfas doradas,

con calores de estrellas

sobre damas aladas.

Los tejados hablaban

con su boca arcillosa

las bondades que hallaban

en la miel de las rosas.

Por mi barrio volaban

las cometas precarias,

de sus colas manaban

franciscanas plegarias.

Aprendí del obrero

a empaparme la frente,

a quitarme el sombrero

ante el pobre decente.

Me bañé en el Zamora

y bebí sus entrañas,

lo amé a toda hora

por sus limpias hazañas.