Luis Antonio Quizhpe
Si los peruanos son orgullosos de su César Vallejo, los ecuatorianos lo somos de César Dávila Andrade, nacido en Cuenca en 1918 quien en pleno posmodernismo se distanció literariamente de los de su generación, alineándose a la corriente contemporánea, movimiento nacional y latinoamericano, caracterizado por reflejar una nueva visión del mundo, manifestar un quiebre de las costumbres y creencias tradicionales; alejarse de temas sentimentales, adoptar un punto de vista más personal, emplear recursos narrativos más innovadores, preferir al realismo.
Pero, según Ernesto Proaño, hay otros aspectos decisivos que lo distanciaron a César Dávila de los de su generación, como la dedicación al estudio de la filosofía indostánica, de rosacrucismo, espiritismo y magia, de las Ciencias Ocultas, la Parapsicología y la práctica del Yoga Zen. “Estas lecturas ahondaron su inclinación natural por la soledad, el hermetismo, a la vez que le abrieron horizontes misteriosos y simbólicos en su creación poética”.
Con una nueva visión del mundo y de la vida, entre 1944-1947 escribió: “Oda al arquitecto”, “Una isla rodeada de imposibles”, “Carta a una colegiala”, “Carta a la madre” y “Canción a Teresita”. Entre 1950-1964 creó: “Espacio me has vencido”, “Arco de instantes”, “Catedral salvaje”, “Boletín y elegía de las mitas”, “Conexiones de tierra”, “La corteza embrujada”, “Polvo-materia real”.
En prosa escribió: “Abandonados en la tierra”, “Trece relatos-cabeza de gallo” y “La gran procesión”. Con el primero obtuvo en 1962 el primer premio en el concurso promovido por la Universidad de Zulia, con “El huracán y su hembra”. En 1964 mereció el primer galardón en el concurso nacional del diario El Universo con su poema épico “Boletín y elegía de la mistas”.
A fines de 1949, el poeta estuvo en Caracas de paso a Madrid, al congreso en homenaje a Giovani Papini. Aquí fue mejor acogido que en su patria por la intelectualidad venezolana, por lo que decidió radicarse en Caracas, ciudad donde publicó la mayor parte de su obra poética y narrativa, a la par que laboró para los suplementos de los diarios La República, El Universal y El Nacional.
La bohemia, los largos ayunos, las prácticas de yoga y su adoración al dios Baco le hicieron un ser extraño, solitario. Pese a que hizo contactos fraternales con escritores de la capital venezolana, su desajuste social fue paulatinamente agravándose. Su sensibilidad, tan fina, tan frágil, porfiaba en aislarle del mundanal ruido, hasta que, al fin en una de sus crisis dipsómanas, el 02 de mayo de 1967, se cortó la aorta, dando fin a su vida, a los 49 años.
Nuestro poeta es quizá el más difundido por su poema de largo aliento y grandioso: “Boletín y elegía de las mitas”, tema cargado de un realismo social-religioso; y, tal vez, “uno de los testimonios más auténticos e idóneos, que lo mismo desborda la mera clave o el cartel explosivo, sobre el interminable drama del personaje andino: el indio”, como asevera Hernán Rodríguez Castelo.
