Fernando Oñate
La sequía ha afectado a los seres humanos desde tiempo inmemoriales, algunos investigadores la consideran como la principal causa de la desaparición de antiguas civilizaciones como las de los acadios o los mayas, para otros ocasionaron las primeras migraciones humanas y en la actualidad es innegable su impacto sobre la economía de los países ya que afectan el suministro de agua para consumo humano, la productividad agropecuaria, el turismo o la generación hidroeléctrica.
Si bien la sequía física tiene efectos adversos innegables, existe una sequía con un fuerte impacto a nivel personal: la sequía espiritual.
Los seres humanos, a más de nuestro ente físico, somos esencialmente racionales, emocionales y espirituales. La gente presta atención a su faceta emocional y trata de vivir su vida de manera racional, pero lamentablemente, muchas personas no viven su espiritualidad a plenitud, llegando incluso a evitarla o viviéndola de manera insuficiente, quizá solo siguiendo una costumbre. La plenitud de una vida espiritual nos permite sobrellevar experiencias, mejorar nuestra convivencia y transformar nuestra visión de la realidad.
Actualmente se ha generalizado el criterio de que todos los caminos conducen a Dios, que lo importante es creer, que si lo que crees te da paz, está bien o ideas similares, pero ¿esto es así? Si consideramos que Jesús dijo “Yo Soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por Mí” (Juan 14) o más aún “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida” (Juan 3), claramente vemos que no. Existe un solo camino, Cristo Jesús.
¿Y cómo es una vida espiritualmente rica? El salmista lo ilustra claramente cuando afirma que el creyente “Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará” (Salmos 1). Con la sequía espiritual sucede todo lo contrario.
Si bien las nuevas corrientes de pensamiento, la incredulidad, la enfermedad, las pérdidas familiares, el pecado, los afanes de la vida o hasta el estrés, pueden llevarnos a la sequía espiritual, la confianza en Dios debe primar para no alejarnos de Él, recuerden que “por fe andamos, no por vista» (2 Colosenses 5), debemos resistir y permanecer en el camino puesto que “Dios es mi salvación; confiaré y no temeré, porque mi fortaleza y mi canción es el Señor, quien ha venido a ser mi salvación» (Isaías 12:2).
Somos seres espirituales, no permitamos que la sequía nos lastime.
