Galo Guerrero-Jiménez
Así como una persona según su tonalidad, su estilo y su narratividad para conversar es capaz de invocar a más personas para entrar en un diálogo ameno, motivador, relajante y abiertamente democrático; en el caso de un lector, “un libro llama a otro inesperadamente, creando alianzas por encima de culturas y siglos diferentes” (Manguel, 2007), dada la enorme ventaja que la tecnología de la imprenta y, hoy, con la tecnología informática y virtualizada, la información y el conocimiento que lo activa el lector, está ahí, cruzando el tiempo, quizá eternamente para que el lector se acerque, al estilo de los buenos conversadores, para encontrarse con el pensamiento profundo que tiene la mayoría de los buenos libros de hoy y de siempre, y en todas las culturas y lenguas en las que han sido traducidos.
Cada libro encierra un historial, una cultura y, ante todo, una serie de reflexiones que son captadas, asumidas, interpretadas, valoradas, o quizá rechazadas por el lector, pero con argumentos lo suficientemente idóneos como para asumir posturas lectoras auténticamente personales, dado que, como señala Miha Kovac, “la interpretación de los contenidos queda abierta a cada lector individual [creando con ello] nuevos contextos mentales, sin tener en cuenta cómo entendemos el texto, mediante cada lectura enfrentamos nuestro vocabulario, comprensión, emociones y conocimiento sobre el mundo con lo leído y, de esta manera, ampliamos y profundizamos nuestro vocabulario, cuestionamos las reglas mentales y, con ello producimos pensamientos y emociones nuevas o fortalecemos las ya existentes” (2022), hasta llegar a obtener un cúmulo de bases mentales sobre las cuales fortalecemos, como lectores, nuestra concepción humanística y/o científica de la naturaleza para entender el mundo desde el disfrute y desde la valoración más sentida que nuestra condición lectora lo permite.
Por supuesto, no se llega a estos niveles de lectura sino activamos nuestra cognición a través de la corteza frontal del cerebro que es la que gestiona los impulsos para concentrarse y prestar atención al conjunto de lenguaje leído de aquel texto que debe gustarnos y que, por lo tanto, debe estar en consonancia con el placer que sentimos por un tema determinado, que sea de nuestro agrado y que, en efecto, capte nuestra atención.
En realidad, si no hay un efecto dopamínico, es decir, de placer, de gusto, de interés por el texto, no habrá manera para que haya atracción por leer un tema determinado; con mayor razón, en estos tiempos de redes sociales y virtualizadas que han llegado a degradar nuestra condición cognitiva por el exceso del uso de las pantallas, que ha impulsado a la sociedad actual para que lleve una vida intensa y agitada. “Los mejores descubrimientos y avances no tienen que ver con el pensamiento y la cultura, sino con la velocidad, los datos y el aprovechamiento del tiempo, ¡un aprovechamiento a veces patológico! La agitación es pérdida de paz interior, y esta privación supone un incremento de los trastornos somáticos y psiquiátricos como la ansiedad, la depresión, el insomnio o las adicciones” (Rojas Estapé, 2024) que están minando el comportamiento psico-socio-ético-cultural de cada individuo que vive apegado a la pantalla.
Todas estas circunstancias y, en especial, para la población joven que pasa entretenida la mayoría del tiempo en la pantalla, le cuesta mucho acercarse a un texto para leerlo con atención y con la suficiente concentración, puesto que hoy “vivimos en la era de la gratificación instantánea; recibimos múltiples estímulos y sensaciones dopaminérgicas a cualquier hora del día. Esa lluvia fina, pero constante de emociones, caprichos y sensaciones está modificando la forma de disfrutar, de experimentar dolor, de relacionarnos y de relajarnos” (Rojas Estapé, 2024); lo cual, cerebralmente, impide que la dopamina nos incline a disfrutar de un texto leído.
