P. Milko René Torres Ordóñez
La solemnidad de Corpus Christi, Cuerpo y Sangre de Cristo, constituye un acontecimiento cuya trascendencia marca la centralidad de la historia del mundo y de nuestra vida personal. La celebramos con toda la devoción y la dignidad que corresponden. Conviene ubicarnos en el contexto cronológico y teológico que nos aporta la Sagrada Escritura.
El día de la fiesta de la antigua Pascua judía coincide con el día de la celebración de la Pascua de Jesús. En la narración del Evangelio según san Marcos nos encontramos con dos actos de un drama. En el primero, Jesús prepara y se prepara para celebrar la pascua. En el segundo, destaca un episodio clave: la institución de la Eucaristía. Anteceden a este hecho dos anuncios proféticos: la traición de Judas y la advertencia del escándalo de muchos, incluidas las negaciones de Pedro. La Eucaristía, instituida como fuente de vida y signo de fe, acentúa la unión inseparable de Jesús con su Iglesia, más allá de cualquier forma de apostasía.
La institución de la Eucaristía habla por sí misma. En un ambiente pascual, histórico y sublime, las palabras y los gestos de Jesús centralizan la magnificencia de un momento eterno. Sus palabras acogen, en un halo de amor, la solemne vigencia de la presencia de Dios en nuestra historia humana. En su lenguaje magistral el Papa Benedicto XVI sostiene que Jesús comunica su corporalidad con estas palabras: “Tomen, esto es mi cuerpo…Beban, esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos”. ¿Cómo entender la cercanía que transforma todo en tan grande sacramento? Las especies cotidianas y humildes, el pan y el vino, funden su esencia en un misterio de amor infinito, del cual nos beneficiamos todos los creyentes. Al tiempo de asumir su corporalidad integral nos introducimos en una gracia. Milagro y presencia real. La presencia, don, sacrificio, exige de nuestra parte una respuesta recíproca. La Eucaristía, genera esperanza.
La transformación de un pedazo de pan en un Cuerpo, de un vino en una copa, en la sangre de una Alianza, entregan al mundo la mayor fuente de alegría y plenitud. La mayor riqueza. Un bello tesoro. La expresión auténtica de una entrega absoluta. Todo parte, reflexiona Benedicto XVI, del Corazón de Cristo. Un amor trinitario que cambia todo, las cosas, el mundo, las personas. Desde Dios hacia nosotros llega su grandeza en la Eucaristía. Nuestra íntima relación con ella puede expresarse con un lenguaje que no puede ocultar otra verdad que la razón de quien comprende que el amor y el amado mueren para vivir juntos. San Agustin quiso revelarnos su unión mística con este gran misterio. Comparte sus confesiones en un éxtasis celestial: “Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Ni tú me mudarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mí”. Nos llenamos de Él porque Él nos llena. Nos tiene en su Cuerpo. Nos alimenta con el Pan de la Vida. La Eucaristía nos une a la humanidad. En cada momento, llevamos el Cuerpo del Señor, como María en su vientre desde su “fiat”, hágase, en la encarnación por obra y gracia del Espíritu Santo.
