Santiago Armijos Valdivieso
Hace poco, nuestra urbe acogió una importante feria del libro. Esta, que fue realizada en un amplio y cómodo salón del Hotel Grand Victoria, fue organizada por la Librería El Quijote de la Granja, la cual ofreció miles de libros de diversos géneros literarios a precios asequibles entre tres y quince dólares.
Fui con buena expectativa, dados los positivos comentarios de amigos y conocidos que la habían visitado. La verdad es que salí muy satisfecho. Lo digo, porque la variedad, cantidad y calidad de las obras ofrecidas fueron excelentes. Había principalmente de autores colombianos, dado que la inmensa librería tiene origen en ese país hermano, pero también hubo obras notables de escritores de otros países latinoamericanos.
Me causó especial satisfacción el hecho de ver una gran cantidad de visitantes de todas las edades, quienes compraban emocionados, según su presupuesto, varios libros de su interés. Claro está, esto fue facilitado por los estimulantes precios que se ofrecían.
Esa gran concurrencia a la feria librera confirma que en nuestra ciudad aún existe una importante cantidad de lectores, muchos de los cuales ven limitados sus planes de lectura por la restringida oferta de libros en Loja, pues, es evidente que las pocas librerías lojanas enfrentan una serie de dificultades al momento de nutrir y renovar sus estantes. La primera es económica porque los precios son altos, ya que la gran mayoría deben ser importados. La segunda está relacionada con el hecho de que nuestro país está plagado de trámites burocráticos al momento de emprender en cualquier actividad privada. La tercera está relacionada con el distanciamiento de las personas con la lectura a causa de la proliferación de redes sociales digitales que les roba muchas horas del día.
A pesar de todo ello, existen en nuestra ciudad libreros valientes y apasionados por su hermoso oficio. Ellos, con inmenso entusiasmo, perseveran en mantener librerías en Loja para deleite de quienes siguen abrazando los libros para alimentar el espíritu y hacer menos monótona, banal y limitada la existencia.
Uno de ellos es Wilmer Leiva Ordóñez, propietario de la Librería Bookstore. Él, con amabilidad, constancia y empeño, mantiene dos acogedores locales. Ambos están impecablemente ordenados y abastecidos de obras selectas y diversas a la orden del apetito lector de muchos lojanos que los visitan frecuentemente. El primer local se ubica en la Av. Universitaria y calle Quito; y el segundo está en la calle Bernardo Valdivieso entre Colón y José A. Eguiguren.
Otro empeñoso y apasionado librero lojano es Homar Tandazo Carchi, quien mantiene e innova permanentemente su bien cuidado Café – Librería Academia, cuyas atractivas instalaciones libreras tienen el aditamento de brindar un cálido y propicio ambiente para la cultura, la gastronomía y la buena tertulia entre los amantes de las letras. Usualmente, se organizan conversatorios con escritores y otros eventos culturales, siempre con el esmero y empeño de Homar Tandazo, un perdido enamorado de los libros. Café – Librería Academia está ubicada en la calle Sucre y Azuay.
Hace poco abrió las puertas Librería La Emancipada. Lo hizo en el segundo piso del Centro Comercial Don Daniel, mediante un moderno local en el que ofrece un pequeño, pero interesante catálogo de obras. Esto es digno de celebrar, ya que son muy pocos los nuevos emprendimientos locales en el ámbito de la cultura.
La Librería Palacio, de propiedad de su gentil dueño, Daniel Palacio, es otro sitio para abrazar los libros. La recuerdo, especialmente, cuando funcionaba en la calle 10 de agosto y 18 de noviembre en los años setenta y ochenta. A ella acudíamos los niños de ese entonces para adquirir cómics y revistas que tanto nos enganchó con las historias de ficción y fantasía.
Otra librería que mantiene sus estantes abiertos desde hace muchos años es la Librería San José, de propiedad del señor Godofredo Cazar. Atiende en la calle Rocafuerte y Bolívar.
No hay como dejar de mencionar que en las instalaciones de la Casa de la Cultura-Núcleo de Loja existe la Librería “Jaime Rodríguez Palacio”, consagrada a la venta de libros publicados en dicha institución.
Penosamente, hace algunos meses, cerró Librería Ecuador. Seguramente, la que fuera, la más grande de la ciudad, a causa del fallecimiento de su respetable propietario, el correcto abogado y educador Dr. Luis Arroyo Cabrera, el cual, por décadas empujó a esta icónica librería lojana cuyos orígenes se remontan a los tiempos de su padre, el también ejemplar educador, Luis Arroyo Naranjo. La librería tuvo su local en la calle Bolívar y Colón.
Hablando de librerías icónicas, es justo recordar con respeto a la Librería Atalaya (fundada en 1945) y, especialmente a su valioso propietario Don Vicente Valarezo Loaiza, un respetable e inteligente vecino de la ciudad, identificado con las grandes causas populares, un artista de la caligrafía y un pionero de las librerías en Loja. Recuerdo con nitidez que varias veces acompañé a mi padre a comprar libros inolvidables en esta especial librería. Entre estos, las biografías escritas por el gran intelectual austriaco Stefan Zweig sobre Fouché, María Antonieta, María Estuardo o Erasmo de Rotterdam; o los libros biográficos escritos por Emil Ludwig sobre la vida de Bolívar, Napoleón o Rembrandt. No puedo precisar el año en que cerró sus estantes, pero la conservo en mi memoria con gratitud. El último local estuvo ubicado en la calle Azuay y Bolívar.
Por supuesto, existen otros sitios en Loja para adquirir libros, pero más que librerías son papelerías.
Sería muy bueno que las librerías y las ferias libreras proliferen en la ciudad para alegría y comodidad de los lectores lojanos. Asimismo, que trascendental fuera que los ciudadanos ubiquen a la lectura en la lista de las actividades prioritarias, trascendentes e imprescindibles. Solo así seremos menos vulnerables a la ignorancia, a los abusos del poder y al atraso social y democrático que azota a la Patria.
Mi homenaje a las librerías y a los libreros lojanos. Por el bien de todos, hago votos para que su quijotesca tarea no desmayé.
Al fin y al cabo, como bien lo dijo Adolfo Bioy Casares: “Leer es la otra aventura, y la primera es, quizás, la vida misma”.
