EL CORAZÓN DE JESÚS

P. Milko René Torres Ordóñez

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús ha existido desde los orígenes de la Iglesia. Ella meditaba con amor y humildad en el costado herido y el corazón abierto de Jesús. En la cruz, aquel signo vivo despertó la conciencia de un hombre que reconoció a Jesús como el Hijo de Dios.

Una verdad tan universal como un torrente de bendiciones que descendió para siempre sobre la Iglesia y el mundo entero. En la Sagrada Escritura, la importancia del corazón adquiere relevancia en el ámbito de la fe, la cercanía de Dios hacia su pueblo junto a la respuesta fervorosa hacia Él. En el Antiguo Testamento encontramos veinte y seis veces la referencia al corazón de Dios. Los autores sagrados le han dado tal importancia que lo consideran el órgano que rige la voluntad del ser humano.

El corazón de Dios juzga el comportamiento del hombre. Yahveh, Dios, ama tanto al fruto maravilloso de su creación, el hombre y el mundo, que busca su plenitud. Siente dolor por su pecado. De la misma manera lo perdona para encomendarle tareas importantes. El relato del diluvio constituye una muestra evidente de la pedagogía divina. Los profetas acentúan la debilidad de Dios, su amor por el hombre, con expresiones muy sentidas. Uno de ellos, el Profeta Oseas, acentúa la profundidad del amor divino. Dios actúa y habla como un verdadero Padre: “Cuando Israel era niño, lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo.

La imagen de un Padre que ama y que perdona resulta muy tierna y eterna. Una historia de amor y desamor. El corazón de Dios es misericordioso. Sus entrañas siempre se estremecen. Hoy, como ayer, la Iglesia y la humanidad nos invita a volver al amor del principio. A contemplar un misterio tan recurrente como el cielo que permanece estático y dinámico a la vez. El corazón de Dios que ama, derrama su identidad excelsa sobre sus hijos.  En el Nuevo Testamento, Dios en su Hijo, Jesús, revela su pasión incontenible. Lo envió al mundo para que transite por una vía dolorosa con el peso de una cruz, signo que libera al hombre de un destino fatal, en una lucha que termina en la victoria sobre los tentáculos del poder del maligno, de la muerte eterna, para devolver al hombre el premio del tesoro muy valioso: su dignidad. El amor que supo llegar hasta el nivel más extremo.  Nos corresponde hoy, vivir con reciprocidad la acción de Jesús en nuestra historia. Vamos a dejarnos conquistar por el corazón de Jesús.

La vida de muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, han reflejado la riqueza de su donación. Miles de testigos de la fe. Mucha sangre derramada como consecuencia de un amor desbordante. La llamada a recibir el pan partido de su amor en cada celebración eucarística, la gracia del perdón, a beber en cada momento el agua del manantial del Amor que brota del Corazón de Jesús que rebosa en la cruz. En suma, cumplimos la voluntad de nuestro Padre. Estamos comprometidos, decía el Papa Benedicto XVI, a “hacer de Cristo el corazón del mundo”. Abramos las puertas de nuestro corazón al verdadero amor de los amores.