El capitán Sergio Romero ha vuelto

      Claro que es imposible que un ser humano muerto, vuelva al mundo terrenal, porque a la luz de la ciencia biológica el hombre no resucita, cumple con la sentencia bíblica “polvo fuiste y en polvo de convertirás”. Pero, cuando hay seres dotados de fantasía estética y una pisca de inspiración se produce el milagro de la resurrección. Este fenómeno se dio en el año 2016 cuando la pluma del ingeniero Alfonso Coronel dio a Loja el libro “Shejo” Romero…un piloto con los pies en el aire y el corazón en la tierra, documento histórico que hizo revivir a uno de los aviadores más valientes de Zaruma, Loja y el país.

    ¿Cómo puede ser posible que el Cap. Sergio Ernesto Romero Wit, perecido el 01 de setiembre de 1982, haya vuelto para estar entre nosotros, si ya son 41 años de su partida? Pero, así es el milagro de la imaginación creadora. Lo volverán a ver sus amigos, sus familiares; su esposa y sus hijos lo abrazarán. Lo veremos volando en los cielos de Guayaquil, Ambato, Quito, Tulcán, la Shel, Taisha, Tarapoa, Lago Agrio, El Coca. Lo sentiremos aterrizando en Zaruma, revoloteando en el azul de Zumba, Valladolid y Catamayo, sobreviviendo en la pampa de Numbiaranga y muriendo en el nudo de Sabanilla.

     Claro está que para palpar esta realidad intangible hay que seguir página por página el decurso del libro. Ahí lo verán de cuerpo entero a Sergio Ernesto hijo, niño, joven, estudiante, hermano, esposo, amigo, empresario, pero ante todo piloto arrojado, intrépido, audaz con un elevado sentido de servicio a los pobres y con la mira puesta en el desarrollo de la región sur del país, que por esos en tiempos estaba sumido en el abandono total de los poderes centrales.

     “Shejo” Romero…un piloto con los pies en el aire y el corazón en la tierra es un libro inteligente, escrito con el corazón. No se trata de una biografía estrictamente, sino de una investigación in situ, testimonial, vivencial y con materiales de fuente primaria, por lo que, cumple con el canon de ser un texto histórico, algo que necesitaba Loja para saber a ciencia cierta sobre el aporte de un personaje excepcional que la naturaleza humana solo da cada 100 años, porque hasta hoy no ha nacido un personaje con las virtudes excelsas que adornaron al capitán Romero.

     Al libro se lo puede leer de un solo tirón, en horas, por su estilo y sencillez como lo es su autor. Está poblado, no de vegetación, pero el espíritu de un agrónomo se lo percibe en cada página. Huele a tierra, a pampa, a monte, a líquido vital; pero también a pena, a nostalgia, a orfandad, a vacío, porque falta la presencia física del padre, del esposo, del amigo, del aeronauta, del hombre íntegro que por el azar del destino habita regiones celestiales, pero que todo mundo lo lleva en sus corazones.

     Aspiro con el autor del libro que las autoridades de Loja y Catamayo revean la decisión del nombre del aeropuerto. Si los restos mortales del capitán Romero reposan en la ciudad del eterno sol, el campo de aviación, por justicia debería llevar su nombre. Y el busto de piedra mandado a tallar por su padre, debe ocupar un lugar especial de la base aérea. ¡Qué Dios los oiga!