Por: Sandra Beatriz Ludeña
El tránsito por la vida de un padre es una metáfora, lo afirmo desde mi experiencia, pues la imagen de mi padre ha pintado variados escenarios en mi historia, como un día de verano que trae el sentido de la vida.
En mis primeros años, cuando mi padre me visitaba lo recuerdo brillante, fuerte como un sol de verano que en plena mañana nos abrigaba. En esa época, si me tomaba en sus brazos, yo palpaba con asombro su fortaleza.
Así pasaban los días, las semanas, a veces él tan cerca, otras veces él tan lejos, tal como un sol que en el horizonte se pierde con la promesa de regresar. Por las singularidades del paisaje en el que crecí, siempre brilló por esa promesa que no me abandonaba.
Por eso, nunca perdí su rastro, cuando nos encontrábamos o si yo propiciaba verlo, él hablaba de sus proezas, sus faenas heroicas, su misión de liderazgo, de ese amor áspero sin tibiezas; me trasmitía un mensaje claro de lo difícil que es ser papá, más si los hijos tienen prohibida la visita, más si el padre busca con sus gestos dar un techo protector, pero la otra parte escapa a esos sueños.
Mi padre siempre apareció en mi historia con misterio, él con toda su fuerza, con toda su juventud, con esa gran perspicacia, nunca logró sobrepasar nuestras barreras y aproximarse lo suficiente con su tibieza paternal; mas, lo que sí hizo es construir un sol tan candente, que por encima de todo: llueva, truene o relampagueé, nunca, pero nunca deje de sentirse su inmensa luz. Así lo demostraba en sus espaciadas visitas, —a escondidas—, en la escuela, en los parques, en las afueras de la casa, en los caramelos del consuelo.
Mas, desde el tiempo en que sentaba mis pequeñas piernas sobre sus grandes muslos, él me sostuvo con sus poderosas y fuertes manos, que poco a poco las fue alargando hasta llegar a ser como un hilo muy visible al principio, casi invisible en el camino; consiguiendo coserse por mis adentros hasta ser parte de mí.
En mi adultez acompañada por la protección maternal, ya no pensaba en ese amor inconcluso, ya no miraba esa postal de la familia reunida, ya no soñaba con la mesa completa, pues, ya no lo encontraba, no lo escuchaba; en fin, no lo extrañaba, llegue a pensar que lo olvidé. ¿Pero cómo se olvida algo que se lleva por dentro?
Finalmente, cuando mi madre partió para siempre, retorné a su afecto y ese hilo que un día cosió mi barro para hacerme la mujer que soy, volvió misteriosamente, al principio muy fino, poco visible y luego, más fuerte, como un río rojo que crecía en intensidad. Fue el poder de la sangre que nos unió nuevamente y ahora somos uno en el otro, amor filial.
Es tu metáfora papá, has demostrado que, a pesar de los hielos del temporal, un padre nunca deja de ser sol, abrigo, sustento de padre. Felicidades en tu día.
