Un sorbo de café inspiró grandes metas

Por Luis Carrión Mora

Empiezo esta breve crónica para destacar la omnipresencia del café en todos los hogares lojanos, especialmente en el sector rural, donde se ha convertido en un elemento esencial. En la economía de la provincia de Loja, el café ha sido su pilar más sólido. No era inusual encontrar plantaciones de café arábigo cerca de las casas, tanto grandes como pequeñas.

Contar la historia del café requeriría muchas páginas. Sería necesario abordar desde el proceso de siembra, cuidado y cosecha hasta su comercialización, incluyendo la crucial etapa de la inserción en los mercados mundiales, donde los precios, especialmente para el café lavado, son envidiables.

En esta ocasión, me centraré en la verdadera utilidad que tenía la tintura para los caficultores, especialmente cuando no contaban con transporte y debían viajar hasta la ciudad de Loja, un trayecto que podía durar hasta ocho días. Al iniciar el viaje, empacaban una botella de tintura, unos cuantos panes y bocadillos como provisiones. Después de recorrer unos 20 kilómetros, en la primera casa donde hacían parada, pedían agua hervida, añadían un par de chorritos de tintura, una porción de panela ¡y listo! Así continuaban su camino hacia Loja, atravesando montañas y haciendo paradas en puertos como Santa Rosa. Siempre, el café estaba presente. Durante la Segunda Guerra Mundial, incluso las tropas aliadas desembarcando en Normandía recibían su ración de café.

En el siguiente pasaje, quiero resaltar el aroma del café que traspasa barreras de seguridad. Una anécdota ilustrativa es la experiencia de una hermana religiosa que cada año, al venir de vacaciones desde Italia, me solicitaba café auténtico para llevar a su comunidad y a algunas familias de la institución educativa. Llevaba el café en su bolso de mano cuando volaba desde Quito hacia Ámsterdam. Después de unas horas de vuelo, el aroma del café comenzó a impregnar el avión, y algunos pasajeros comentaron sobre su excelente fragancia.

Recuerdo una cita médica con una profesional en una clínica de la capital, que esta vez fue atendida por una médica cubana en el Hospital del Batán, en el centro norte de la capital, donde brindaba atención a jubilados. Después de examinarme y prescribirme el tratamiento correspondiente, me dio una lista de alimentos que debía evitar, encabezada por el café, entre otros. Le comenté que no iba a hacerle caso, ya que el café que consumo es natural y no tiene conservantes. En la siguiente cita, decidí llevarle café, y ella aceptó. Preparamos café en una cafetera y nos servimos a ambos.

En el próximo episodio, destacaré la importancia de regalar este aroma y cómo transmite las voces de nuestros antepasados a la mesa familiar. Viajar a la capital sin llevar café significa mejor no viajar. Hubo una vez en la provincia un colegio particular nocturno, el primero en abrir sus puertas a jóvenes que durante el día trabajaban en labores agrícolas y por la noche asistían a clases impartidas por un grupo de dedicados docentes fiscales que trabajaban en la escuela parroquial sin recibir remuneración, sacrificando sus horas de descanso para hacer crecer el colegio.

Varias delegaciones hicieron viajes a la capital sin éxito. Pero llegó el momento en que el comité pro-nacionalización del colegio se reunió nuevamente, esta vez bien equipado, con un padre de familia robusto para llevar el delicioso café en sus tres formas: grano, tostado y en esencia de tintura. Un grupo de padres de familia se quedó para solicitar una audiencia en el Ministerio de Educación, mientras otro grupo se dirigió al domicilio del señor ministro. Llamamos a la puerta y nos atendió la empleada. Explicamos que éramos una delegación de autoridades y padres de familia provenientes de Loja. La esposa nos hizo pasar y al preguntarnos sobre la botella negra que llevábamos, explicamos que era esencia de café en sus tres presentaciones. Agradeció el gesto y nos indicó que regresáramos a las cinco de la tarde.

Cumplimos puntualmente y comenzaron a salir los funcionarios, hasta que finalmente el señor ministro apareció y nos reconoció como representantes de Loja. Inmediatamente llamó a su secretario y ordenó que, al día siguiente, el director de Educación de Loja realizara cambios administrativos para asignar cuatro profesores del nivel primario al colegio de Chaguarpamba. En 1976, llegaron tres nuevos profesores para enseñar lenguaje, matemáticas y otras materias prácticas, y así el colegio creció para satisfacción de los jóvenes estudiantes.