Por: Lcdo. Augusto Costa Zabaleta
Todos hemos tenido heridas sentimentales, y aunque hicimos grandes esfuerzos para que las relaciones funcionaran, en nuestros caminos acumulamos un fango que se empoza en las pisadas descuidadas que se hundieron en el delicado suelo de nuestras almas; sabes que el miedo intenta protegernos de dolores similares, pero recuerda que esta protección está basada en mentiras, ya hemos visto que nuestros cerebros pronosticarán futuros amenazadores para mantenernos en una realidad inerte; desconfiamos porque nos hemos empeñado en atesorar tus heridas, en cuidar que se mantengan abiertas, creemos que de esa forma evitaremos que las caricias alcancen la profundidad.
Algunas veces somos nosotros mismos quienes causamos esos pozos en los que nos hundimos para no amar, porque creemos que no merecemos ser amados; gritos silenciosos que nos la latiguean lo interno enfurecen cualquier llamado de oportunidad; proclama que no podemos ser felices, que nadie nos debería querer, que no somos dignos del amor; el miedo nos dice eso para evitar que nos hieran, solo quiere que nos quedemos al borde de la vida, porque sabe que en el centro nos pueden romper; llega el momento en que creemos tanto la historia que nos contaron, que suena a mentiras las voces que nos dicen lo contrario.
Aceptamos la historia de “si amas, dolerá”, por ello las relaciones no pasan de nivel y despertamos arropados bajo las frías sábanas de la indiferencia; lo cierto es que los peores momentos de nuestra vida han sido por la falta de un amor, pero no se puede negar, aunque las mejores estuvieron en su absoluta presencia.
Queremos que las cosas sean perfectas, dichosas como las historias infantiles, pero no siempre cumplimos las tareas necesarias para que así sea, queremos escribir una novela rosa, pero buscamos la tinta en la mente, no en el espíritu; dicen que debemos anteponer el cerebro al corazón; esa es una de las ideas que solo tienen sentido en el distante territorio de los ensimismamientos intelectuales, pero que se perdería en la intrincada complejidad de la creación.
Aunque suene poco romántico, enamorarse es un proceso humano con sus consecuencias físicas y emocionales que, aunque no se las comprenda muy bien del todo, hace años que se las viene estudiando.
Lo que podemos convertir en una relación estable inicia con una atracción en la que normalmente pensamos que solo intervienen las hormonas sexuales, testosterona y estrógeno, reacciones más complejas suceden dentro del cráneo y decimos: no éramos nada y tú me hacías sentir todo; enamorarse es fabuloso, pero es mucho más placentero amar; una manera de no temerle al amor es llegar a él con la idea de que habrá diferencias.
Lcdo. Augusto Costa Zabaleta
Ced. # 1100310455
