Galo Guerrero-Jiménez
Los niños que aprenden a crecer rodeados de libros y que, por curiosidad, porque ven a su familia que los leen, porque escuchan conversar de ellos, serán jóvenes y adultos que por esa familiaridad con el texto en ese hogar que los vio crecer, habrán crecido familiarizándose con ese lenguaje y compartiendo en el aula y en todo espacio posible una forma especial, altamente estética, cognitiva y metalingüísticamente asumidas para entablar discusiones de mediano y alto nivel, según con quien puedan compartir de la exquisitez que un texto porta, porque no solo que se empoderan de él, sino del mundo: de la ciudad, de la ciencia, de las artes, de la cultura y de la educación que esa comunidad comparte a diario en su cotidiana existencia.
Y, algo tan vital, hoy en día en que, “la sociedad de la información está generando una época de alta tensión espiritual, ya que el aliciente de la sorpresa es la esencia de la información. El tsunami informativo se encarga de que nuestros órganos sensoriales estén permanentemente estimulados. Ya no son capaces de pasarse a un estado contemplativo” (Han, 2023), como sí sucede con el hábito de leer un libro, el cual, bien leído, no asume, en la conducta del lector, una aproximación a la información, sino al conocimiento, al deleite y al empoderamiento de una narrativa única, en la que la contemplación, la reflexión, el diálogo con ese conjunto de lenguaje, la duda, las interrogaciones y las nuevas miradas que el lector adquiere para analizar el mundo que le rodea, “me descarga del peso de una molesta ociosidad; y me libra, a cualquier hora, de las compañías que me fastidian” (Monteigne, citado por Mèlich, 2020), como el caso de tanta basura informativa y de datos y más datos que aparecen en la pantalla y que pierden su valor en cuanto ha pasado el instante en el que esa información era nueva.
Por eso, el niño que aprende a leer un texto a temprana edad en medio de esa familiaridad tan atrayente, está mucho más preparado que el que no lee, cuando le toque utilizar la información virtual en una pantalla; pues, podrá “reconocer noticias falsas, apreciar los más diversos patrones en el caos de los acontecimientos de la sociedad e imaginar cosas que a veces vayan más allá de nuestra percepción intuitiva del mundo en el campo de las ciencias naturales y sociales” (Kovac, 2022) y en todos los aspectos cotidianos en los que ese pequeño y gran lector de textos que, al encontrarse con modelos de lenguaje profundo, le fastidia ese otro “modelo” de lenguaje expuesto en la pantalla cuando acude al intrincado mundo de las redes sociales que, con las debidas excepciones, no pasan de ser una montaña de basura ideativa.
Pues, es lamentable decirlo, pero quien ya hizo un hábito desmedido y constante para estar metido en un pantalla buscando información tras información solo de lo inmediato y que, por ende, le cuesta acercarse a un texto en físico, ya no está en condiciones de aprender a pensar, aunque, por supuesto, si el niño y el joven y, en definitiva, todo internauta, se acerca con cautela a estos “amigos digitales quizá nunca lleguen a conocerse cara a cara, pero está claro que aprenden mucho jugando juntos e intercambiando mensajes, fotos, comentarios y vínculos. Cada chico conecta con diversas variedades dialectales del español, descubre la geografía de países lejanos, su gastronomía, música y puntos de vista; compara su vida con la de estos amigos digitales, de la misma edad pero que nacieron y viven en otra parte del planeta. [en este contexto,] la cultura de los alumnos de hoy es mucho más variada, imprevisible, cambiante y con muchas lagunas” (Cassany, 2012) que, si se logra combinar adecuadamente el manejo de los medios digitales con los medios tecnológicos de la imprenta, aprenderá a ser altamente pensante, reflexivo y crítico. Y es que, el crítico, en su más alto nivel cognitivo y psico-socio-emotivo, “necesita tener autores preferidos, a los que admire, que le inspiren, que exciten su inteligencia. Sin embargo, también necesita autores que enardezcan su hostilidad y su agresividad” (Berardinelli, 2016), las cuales hoy son muy acentuadas en la juventud, quizá por el exceso de la tonalidad individual que impulsivamente se expecta en las pantallas.
