Efraín Borrero E.
Conocí al Dr. Alfredo Mora Reyes desde mi niñez porque nuestras familias compartían la calle Sucre en el barrio de San Sebastián, en donde se situaban sus casas de habitación. Con su hijo Alfredo Mora Witt, mi entrañable amigo, fuimos compañeros en la Escuela Centro Educacional Mariana Córdova de Sotomayor y las ocasiones en las que estuve en casa de sus padres fueron varias. Allí disfruté del trato gentil y bondadoso que siempre caracterizó a Alfredo Mora Reyes,
Recuerdo el trajinar que se produjo en esa casa en 1955, ya que el Partido Socialista, del que fue fundador, lo había postulado como candidato para la alcaldía de Loja, irrumpiendo con su notable prestigio entre las dos fuerzas políticas hegemónicas: conservadores y liberales.
Su inseparable y amante esposa, Bertha Marina Witt Muñoz, destacada por la belleza, dulzura y bondad de su ser, tenía una impresionante agudeza política y se constituyó en el puntal de apoyo más importante durante la campaña electoral.
Por su convicción ideológica, Alfredo Mora Reyes se vinculó a los sectores populares, especialmente con los que más necesitaban su apoyo, y de ellos recibió el multitudinario respaldo. Víctor Raúl Haya de la Torre decía que “a la conciencia de un pueblo hay que llegar con la luz de una doctrina, con el amor profundo de una causa de justicia y con el ejemplo glorioso del sacrificio”.
En esas circunstancias se produjo un hecho que constituye referente de principios éticos y morales, que fueron precisamente los que normaron la vida de los hermanos José Miguel y Alfredo Mora Reyes, ya que el primero de ellos ostentaba la Presidencia del Tribunal Provincial Electoral de Loja, lo que evidentemente generaba un conflicto de intereses siendo su hermano Alfredo candidato en la contienda electoral.
Sensible ante el suceso, José Miguel renunció a dicha dignidad. El candidato opositor, Nicolás Burneo Arias, un hombre de bien, expresó su desacuerdo y le solicitó seguir ejerciendo esas funciones asegurando con firmeza: «El doctor José Miguel Mora Reyes garantiza la pureza del proceso siendo Presidente de este Tribunal». Y así ocurrió.
Finalmente, Alfredo Mora Reyes, nacido el 6 de agosto de 1904 se alzó con la victoria. En el acto de posesión su hermano José Miguel, en la calidad que ostentaba, dio un breve discurso en el que manifestó su inmensa emoción por el acontecimiento, haciendo notorio lo siguiente:
“Por una rara coincidencia, las firmas de mi hermano y la mía, quedarán juntas para siempre, como siempre lo estuvieron nuestros nombres y nuestros destinos. El cargo en el cual os habéis posesionado, comporta una tremenda responsabilidad; pero estoy seguro que todo esfuerzo que realicéis, estará compensado por la gran satisfacción que representa servir al Pueblo al que se pertenece; satisfacer los anhelos de mejoramiento de una colectividad noble como es la de Loja, dotándola de todo aquello que es menester para una vida confortable, civilizada y culta. Por gran fortuna para vos, llegáis a la Alcaldía exhibiendo una hoja de servicios notables a la Comunidad en que os ha tocado actuar; y, sobre todo, con vuestro nombre limpio, a la par que con el espíritu libre de subalternas preocupaciones que pudieran restar imparcialidad y acierto a vuestra gestión municipal”.
En su alcaldía la ciudad fue testigo de un resurgimiento en varios órdenes: en la cultura, en las obras de saneamiento ambiental, en la dotación de teléfonos, en el equipamiento a las escuelas municipales del cantón y en vialidad; pero, sobre todo, manejó con total pulcritud los fondos municipales.
Una de las obras que ha perdurado como ícono de Loja es la Torre de San Sebastián, con 36 metros altura, donde se alberga el reloj cuya adquisición se logró gracias al esfuerzo de los vecinos de ese barrio; proyecto diseñado y ejecutado por Gustavo Trueba Barahona que era servidor municipal. Para muchos, además, es una torre que simboliza nuestra libertad por los hechos ocurridos en 1820.
Por su prestigio, capacidad de gestión y honestidad de procedimientos, Alfredo Mora Reyes volvió a ser elegido alcalde de Loja para un período de dos años que se inició el primero de diciembre de 1959.
Transcurrieron los años y en 1964 ingresé a la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Nacional de Loja en circunstancias que Alfredo Mora Reyes ejercía el rectorado del Alma Mater, hasta 1966.
En ese período, con su visión de educador y el apoyo del Honorable Consejo Universitario creó el Colegio anexo a la facultad de Ciencias de la Educación, como plantel destinado para la práctica docente de los alumnos de la mencionada Facultad. Al nuevo colegio se lo denominó Adolfo Valarezo, en memoria del insigne maestro universitario que fue de su admiración.
Sin embargo, un logro como estudiante universitario fue haber sido discípulo de los hermanos José Miguel y Alfredo Mora Reyes, y enriquecerme con sus luminosos y eruditos conocimientos, además de conocer de cerca a esos insignes maestros e ilustres abogados colmados de valores.
Esta referencia es propicia para resaltar lo que se ha dicho: “Capítulo especial en la vida de Alfredo Mora Reyes constituyó la presencia de su hermano José Miguel, inseparable hasta su muerte, mellizos en el amor al arte, la belleza, la literatura y la cultura”.
En enero de 1968 fue designado Presidente de la Corte Superior de Loja y en 1972 se integró a la entonces Corte Suprema de Justicia en calidad de Ministro, junto con Miguel Ángel Aguirre Sánchez, quien la presidió, y Lauro Hidalgo Costa, un lojano de corazón. Los tres dieron lustre y prestigio al máximo Órgano de la Función Judicial. También fue Fiscal de la Nación.
Alfredo Mora Reyes hizo de esas funciones una verdadera cátedra a través de la cual practicó las virtudes cívicas y éticas de la transparencia; la capacidad académico- científica, la ponderación, la ecuanimidad, la probidad y la justicia.
Posteriormente fue parte de la Universidad Católica del Ecuador en donde continuó con su incansable vocación de maestro que se inició en la Escuela Miguel Riofrío, en la época de su juventud.
Fue amante de Loja. Cuenta su hija que cuando se graduó en la Universidad Central, a la que tenían que acudir quienes estudiaban en la Junta Universitaria de Loja ya que ésta no estaba facultada para otorgar títulos profesionales, uno de sus más queridos y admirados maestros, el lojano Agustín Cueva Sáenz, le propuso permanecer en Quito para formar parte de su oficina de abogados, distinción que agradeció y no aceptó por su deseo de servir a la ciudad y provincia de Loja.
En 1982 aparecieron recopilados por parte de su hijo, los estudios y ensayos de Agustín Cueva Sanz, gran sociólogo, jurista, maestro, parlamentario y poeta, precisamente con prólogo de su fiel discípulo Alfredo Mora Reyes.
El amor entrañable a Loja se reflejó, además, en las funciones que ejerció, algunas de las cuales he mencionado, y cuando fue Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja, y Gobernador de la Provincia.
Fue un hombre de cultura, su pasión por la lectura lo atrapaba. Decía que leer es la más alta ocupación del hombre. Ángel Felicísimo Rojas manifestó: “Desde el año 1930, respecto a los hermanos Mora Reyes, tengo una amistad entrañable, que además comprende una gratitud profunda porque ellos, que eran un poco mayores que yo, y que pertenecían a una generación muy brillante, anterior a la mía, fueron conmigo muy generosos, me facilitaron el acceso a su biblioteca, que era por aquel entonces una biblioteca que reunía los libros más importantes que acababan de publicarse en España, de manera que eran ellos personas que estaban al día en cuanto a novedades editoriales”.
Su círculo de amigos: Manuel Agustín Aguirre, Pablo Palacio, Agustín Paladines, José María Bermeo, Ángel Felicísimo Rojas, Gustavo Serrano, Vicente y Serbio Vélez, Miguel Ángel Aguirre Sánchez, Jorge Castillo Carrión, Carlos Manuel Espinosa, Serafín Jaramillo y Eduardo Mora Moreno, enriqueció su acervo cultural.
A Manuel Agustín Aguirre, su amigo cercano, dedicó el poema “Crepúsculo”, que expresa la reflexión más íntima acerca de la vida y la ausencia, que años más tarde fuera musicalizado por su hijo Miguel.
En ese ambiente de cultura e intelectualidad nacieron y se formaron sus hijos: Melania, Olga, Matilde, Alfredo, Lupe, Martha, Miguel y Galo Mora Witt, a quienes también transmitió su gusto por la música.
Me he referido a Alfredo Mora Reyes desde la grandeza de su ser para destacarlo como un ejemplo de vida; como el hombre gentil, carismático, sencillo, íntegro, justo y humanista; como el hombre querendón de su familia y de Loja; como el maestro por antonomasia; como el funcionario intachable y honesto en el ejercicio de sus funciones; como el hombre capaz, eficiente y visionario; como el intelectual luminoso que brillaba con luz propia; en definitiva, como un paradigma en valores por los cuales fue condecorado y reconocido en múltiples ocasiones.
Cuando Alfredo Mora Reyes falleció el 14 de mayo de 1990, Rodolfo Pérez Pimentel escribió: “Siempre pensamos que Alfredo Mora Reyes tenía demasiada calidad para el mundo actual. Ahora, ante su tumba lo reafirmamos: tenía la bondad del hombre nuevo, del hombre del futuro”.
