Galo Guerrero-Jiménez
Siempre que el ser humano se proponga ver el mundo desde nuevas perspectivas, le es factible hacerlo porque esa nueva visión lo promueve a la realización de nuevos proyectos para un mejor desarrollo humano dentro del ámbito socio-educativo-cultural y científico. La fenomenología llama “mundo al conjunto de fenómenos captados y proferidos por una conciencia” (Marina y Pombo, 2013), lo que significa decir que siempre es saludable aprender a ver de nuevo el mundo, al menos el que está próximo a cada uno de nosotros, sobre todo en el ámbito del trabajo y de la cultura que vamos generando en la comunidad a la cual nos pertenecemos.
En este ámbito, los científicos y los escritores quizá son los que están en ese constante aprendizaje de aprender a ver de nuevo el mundo, y por eso pueden promover modestos y a veces sorprendentes proyectos de investigación y de escritura que van siempre en beneficio del desarrollo humano. Así, un literato, un filósofo, un teólogo, un economista, un pedagogo, dentro de las llamadas ciencias humanas se encargan de expresar los distintos mundos con un sentido y un enfoque enormemente enriquecedor. En este caso, la trivialidad está ausente y, por eso es posible que este grupo humano, incluso el más humilde de los seres humanos, pueda estar en condiciones de darle sentido a la realidad; pues, “la función esencial de la conciencia humana es ‘crear significados’” (Marina y Pombo, 2013) con los cuales es posible abrir nuevas perspectivas a partir de ideas que pueden luego crear cosas o ampliar la visión del mundo a través de la discusión y de una serie de argumentos que bien cimentados encuadran en “un nuevo marco mental en torno al contenido de una experiencia o situación, expandiendo nuestra percepción (…) de modo que pueda ser manejada con más recursos y sabiduría” (Dilts, 2008).
A la realidad se la conoce, por lo tanto, desde el conjunto de perspectivas que se crean y se promueven desde diferentes ámbitos. José Antonio Mariana sostiene, por ejemplo, que, a “la realidad la conocemos, forzosamente, mediante ficciones, (…) conceptos ideales, entes de razón, o irrealidades creadas por nuestra inteligencia. Una teoría científica es una ficción que pretende contar la realidad apoyándose en argumentos y datos” ( Marina y Pombo, 2013); o en el caso de la literatura que, desde la ficción, se encarga de proponer la expresión de diferentes mundos; se trata de nuevas visiones que ayudan a la gente, al lector, a cambiar su perspectiva frente al mundo, al menos a reflexionar sobre la posibilidad de una nueva realidad desde un foco de atención general que Robert Dilts llama “marcos”, porque surgen a partir de una conversación o en la lectura de un escrito y que, influyen “tanto sobre el modo en que percibimos experiencias y acontecimientos concretos, como sobre la forma en que respondemos a ellos, en la medida en que sirven para ‘puntuar’ esas experiencias y dirigir nuestra atención” (2008).
Desde esta perspectiva, un cuento o un poema, por pobre que aparentemente sea, “puede significar el mundo con tanta ‘profundidad’ como un tratado de filosofía” (Marina y Pombo, 2013), de teología o de ciencia. En este caso, el marco de referencia surgirá desde diferentes ópticas, según sea el tipo de lector, y así, se podría confirmar lo que sostiene Juan Domingo Argüelles: “Con libros, sí, pero también más allá de ellos, pues no olvidemos que, al final de cuentas, lo que importa de los libros no son los libros en sí, sino lo que suscitan en nosotros y de qué modo nos transforman” (2014).
