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El mes de agosto será dedicado a Monseñor Leonidas Eduardo Proaño Villalba. Lo iniciamos con algunos datos de cómo fue educado en su niñez, en base a la autobiografía de Monseñor Proaño: “Creo en el hombre y en la comunidad.”
“Soy de familia pobre… Nací el 29 de enero de 1910, en San Antonio de Ibarra.”
Sus padres Agustín Proaño Recalde y Zoila Villalba Ponce, fueron campesinos pobres dedicados a tejer sombreros de paja para educar a su único hijo, ya que sus tres hermanos habían muerto tempranamente.
“Supe, como todos los pobres, lo que es padecer de necesidad y de hambre. Pero aprendí también a soportar privaciones sin quejas ni envidias.”
Los padres de Monseñor Proaño le educaron en el mundo del trabajo y en la práctica de los valores.
En relación al mundo del trabajo:
“Teníamos que trabajar por lo mismo que éramos pobres. Como en Nazareth, nuestra familia estaba compuesta solo de tres miembros. Tres hermanos nacidos antes que yo murieron tempranamente. Como en Nazareth, los tres nos entregábamos al trabajo en la medida de nuestras fuerzas.
Tanto mi padre como mi madre dedicaban largas horas del día a tejer sombreros de paja. Desde temprana edad, en las vacaciones de verano, aprendí también a tejer sombreros.”
En cuanto a los valores:
“AMOR AL POBRE. Como ya dije antes, el trabajo de “compositor” de sombreros de paja que desempeñaba mi padre atraía a la casa una numerosa clientela de gentes del pueblo, también de campesinos.
Mis padres siempre se relacionaron con ellos con suma amabilidad. Su ejemplo fue dejando en mí un gran respeto y una gran simpatía por la gente.”
“HONRADEZ. ‘de lo ajeno ni una aguja’. Esta es una frase que se repetía mucho en el seno de mi pequeña familia y que tenía que ver, particularmente, en nuestras relaciones con los demás pobres. De igual manera, no debía decir mentiras por nada de este mundo, aunque por decir la verdad pudieran sobrevenir dificultades y castigos, especialmente en la escuela.”
“LIBERTAD. Lo que más agradezco a mis padres es su permanente educación en la libertad y para la libertad.
Todos sabemos que el culto a la verdad engendra la libertad, al menos en teoría. Desde el punto de vista existencial, puedo decir que, cuando se actúa con honradez, con verdad, se experimenta la libertad interior que nada nada ni nadie puede arrebatarnos.
Mis padres no tuvieron grandes estudios: terminaron apenas la primaria. No estudiaron, por consiguiente, pedagogía. Pero fueron auténticos educadores.”
