Galo Guerrero-Jiménez
En el mundo intelectual o de la vida sencilla y corriente, cuando alguien dice que le gusta leer, y lo demuestra indicando los libros que ha leído o que está leyendo, no está diciendo propiamente que lee bien, o queriendo demostrar que porque lee ya es un superdotado al cual todos deben admirar. Lo que está diciendo, y desde el fondo del corazón, es “que se siente atraído por un mundo de límites inciertos, pero de cualidades ciertas: la brillantez, la elocuencia, la potencia creadora, la belleza, la profundidad, la percepción poética” (Marina y Pombo, 2013).
Aparecen así, estas y otras cualidades humanas que paulatinamente se van desarrollando en esa persona lectora poco a poco, día tras día, hasta llegar a perfeccionar su talante personal con aplomo, con disciplina, pero sobre todo con su buena voluntad para asumir tan grata tarea y bajo una absoluta libertad para escoger el libro que le gusta leer. Si así se lee, con agrado, la vanidad no aparece, sino más bien un cúmulo de buenas y saludables ideas, llenas de enjundia, de savia, de vida, porque desde esas ideas, el pensamiento fluye a raudales, con esmero y sobre todo con rigor para aprender a “razonar, exponer un proyecto, convencer, contar de manera interesante, emocionar a través de la palabra, son destrezas útiles para la vida personal y social” (Marina y Pombo, 2013).
En efecto, el logro de destrezas que la lectura nos permite desarrollar nos conduce a un mundo de posibilidades personales para enfrentar la vida social desde otras perspectivas que no sean las de la abulia, las de la comodidad barata, o de aquel mundo fácil que muchos buscan sin mayores consideraciones éticas. Leer con dinamia y con el mayor interés posible para poder despejar problemas complejos; y leer, sobre todo, no para saber qué es lo que nos dice el autor, sino para descubrir qué es lo que yo puedo decir, qué tipo de acto mental se me viene a la cabeza y cómo con esas ideas que mi cerebro genera aprendo a enfrentar mi mundo y el mundo que está fuera de mí. En definitiva, leer para aprender a expresar el mundo, para analizarlo filosóficamente, es decir para aprender a ver de nuevo el mundo. Desde la lectura me apropio de un conjunto de fenómenos que mi mente capta, que mi subjetividad reelabora, porque desde el fondo de mi conciencia percibo un mundo que, como lector, puedo crearlo desde la reelaboración de mundos posibles y distintos que en cada lectura encuentro en un texto literario, filosófico, teológico, incluso científico. Desde la lectura detenida, honrada y bellamente sentida aparece una fenomenología de la percepción, es decir, una realidad muy personal que la conciencia humana de ese lector produce para crear significados que a él y a nadie más se le ocurren de manera muy propia para darle sentido a esa realidad lectora y a la realidad en la cual convive como ente humano: actuante, pensante, sintiente, amante y queriente de las cosas y de la vida misma que él ha creado desde su más genuina percepción.
Pues, desde la lectura me es posible producir un nuevo conocimiento, es decir, una nueva forma de co-nacimiento de ese conocimiento que recibo del texto escrito y que, como lector, lo proceso en mi conciencia para ser iluminado y transportado a un nuevo mundo al cual lo proyecto como un nuevo valor. En este caso, la creación de un nuevo mundo es el compromiso de una tarea, de una acción cuyo valor está en haber dado a luz a un mundo personal, muy mío, pero muy sobrio, muy valioso porque lo puedo inteligenciar humanamente a partir de esa nueva voz que me llama a ser lo que debo hacer con vocación, con deleite y, sobre todo, con convicción.
