UN AMOR QUE TRANSFORMA

 P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Jesús ha decidido continuar con el anuncio de la Buena Noticia en otros lugares porque su corazón ama sin condiciones y su amor por la humanidad le lleva a buscar al hombre que sufre. Las discusiones sobre cuestiones legales le parecen relativas en comparación con la urgencia de mostrar, cada vez, que el rostro de Dios tiene las setenta caras de la misericordia. Jesús quiere escuchar otro discurso, ajeno a las discusiones propias de los escribas y de los fariseos.

Del corazón del hombre nacen, sobre todo, buenas acciones: bondad, caridad, donación, entrega, sacrificio, testimonio. El Evangelio tiene que anunciar con palabras nuevas la actualidad del Reino de Dios que mora entre los hombres de buena voluntad, los bienaventurados que sufren a causa de la injusticia. En el camino de Jesús, en los lugares donde confluyen muchas necesidades, aparecen hombres y mujeres que lo buscan porque lo necesitan con suma transparencia y quieren hablar con una plegaria en sus labios bendecidos por la fe. Han escuchado hablar de Jesús. En territorio pagano una mujer sirofenicia, conmueve sus entrañas.

Demuestra, con la sobria humildad de sus gestos, que la fe no tiene fronteras. Pide para su hija enferma las sobras del banquete compartido en el desierto. Su fe mueve montañas. Su ímpetu de madre amorosa, indomable y fuerte como el acero, consigue lo que desea: la curación del ser a quien ama más allá del amor. La fe, modelo de sencillez, ejemplo para los destinatarios del Evangelio, en todo tiempo y lugar, reafirma una gran verdad. En la mesa de Jesús, comida de salvación, hay lugar para compartir el pan que nunca sobra. Una obra de arte creada a partir de la palabra de Dios, amor que revela el bien que realiza su Hijo.

Está primera escena da paso a la siguiente, no menos decidora, impactante, tierna. San Marcos relata que, en aquellas tierras extranjeras, vive un hombre sordo y tartamudo. La gente solidaria le suplica que le imponga las manos. Jesús, multiplica otra vez, el pan de la misericordia. El sordomudo, símbolo del paganismo, no ha escuchado hablar de Dios y tampoco lo ha alabado. Para él llega el poder liberador de la palabra que rompe su sordera espiritual y destraba su lengua para pronunciar palabras de acción de gracias y de bendición. La expresión de Jesús, tan fuerte como el grito del tiempo, demuestra que Dios actúa. Su presencia, muy clara como un nuevo amanecer, muestra a todos, creyentes e incrédulos, que el poder de amar trasciende.

El mandato de Jesús con su palabra poderosa, “¡Effetá!, abrirse, cambia el modo de creer de quienes viven a su lado. El ser humano, creado para crecer, multiplicarse, ser feliz, debe comunicar a sus hermanos que la gloria de Dios inunda su mundo. La comunidad que ve el milagro exclama con asombro: “¡Que bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Encontramos un camino firme, sembrado de esperanza. La fe debe contagiarse con la fuerza del viento nuevo que trae cambios. Nuestra Iglesia cuenta con nosotros. La misión de Jesús exige escuchar, hablar, mostrar a Dios que nos ama de verdad. (O)