Identidad de Jesús 

 P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

San Marcos, al tiempo de intentar narrar con fidelidad todo lo que Jesús dijo e hizo, quiere llevarnos a reflexionar en torno a su identidad. Una tarea audaz si consideramos al personaje capaz de transformar el mundo. En los cruces del camino de la misión suceden experiencias y vivencias que nunca pasaron desapercibidas. Jesús es el hoy de la historia en todas sus etapas.

Ha pasado haciendo el bien al prójimo. Ha saciado el hambre de miles de personas, hombres, mujeres y niños. Ha devuelto la vista a un ciego en los senderos de Betsaida. La travesía, apasionante y extenuante, no da tregua porque tiene complicaciones. El relato de la curación del ciego anónimo alcanza su nivel de aplicación en sus discípulos. Mientras la muchedumbre sigue perpleja ante la cadena sucesiva de acontecimientos, ellos ven con claridad aquello que no habían logrado hacerlo. Jesús, como el maestro más coherente, evalúa a los suyos en un aspecto muy importante. Les conmina a tomar una decisión que involucra a su persona: “Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?”.

Pedro, portavoz del grupo, responde: “Tú eres el Mesías”. San Marcos ha preparado con agudeza literaria y densidad espiritual este momento que marca un punto de inflexión en su catequesis. Tengamos presente que en varios relatos anteriores resuena, de modo frecuente, la pregunta en torno a la identidad de Jesús: “¿Quién es éste?”. Él, Mesías esperado, convive con todos. Con los hombres de buena voluntad que lo buscan y lo necesitan. A Jesús lo conocemos y lo reconocemos en la fracción del pan. En la Eucaristía.

El manjar mesiánico que sacia el hambre del ser humano que alimenta su vida con el alimento celestial. Con el Pan que baja del Cielo. La respuesta de Pedro, palabras vivas que brotan del corazón de la nobleza del hombre sencillo, expresa una convicción que adquiere relevancia en la Historia de la Salvación. Pedro reconoce en su Maestro al que viene con una misión divina. Jesús, plenitud de la revelación, es el Hijo de Dios. En Él se cumplen las profecías del Antiguo Testamento. La afirmación de Pedro, concisa y precisa, determina la identidad mesiánica de Jesús. El Siervo sufriente, de quien profetizó Isaías: “El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás”. Jesús no vino con aires de vanagloria y triunfalismo. Descarta cualquier tinte ideológico y político. No enarbola una bandera nacionalista. Su corazón late para todos.

Cada palabra que pronuncia tiene el sabor del pan de la solidaridad. Proclama abiertamente con urgencia que hay un remedio que cura la enfermedad más incurable: la fraternidad para sanar el mundo proviene de la Eucaristía, sacramento de vida eterna. La confesión de Pedro remueve las estructuras, sólidas en apariencia, para despertar en un mañana mejor. Jesús, el más grande de todos los profetas que han existido, tiene que ser amado y conocido con convicción para que nuestro mundo vea que es posible vivir como verdaderos hermanos. Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. Jesús, Dios y hombre verdadero, humilde y silencioso en cada sagrario, llega a nosotros con palabras de fe, esperanza y caridad.