Galo Guerrero-Jiménez
Así como se trabaja para vivir y contribuir al desarrollo armónico de la familia y de la sociedad, así también se lee para vivir; se trata de un alimento altamente nutricional y profundamente intelectual y emotivo-espiritual que surge de la palabra altamente vitaminizada y que consta en la escritura de un texto, desde cuya alteridad no se puede eludir el factor biográfico que respira el texto, ni el factor biográfico que incide en el lector, y desde cuya vertiente histórico-socio-educativo-cultural es capaz de adentrarse en esa filosofía de vida textual, bien desde la ciencia, desde las artes, desde el humanismo, desde la cultura, o desde la literatura, dependiendo de sus afinidades para leer, y en cuya interioridad textual, el lector puede asumir “una ‘forma’ de habitar el mundo que ‘estructura’ la existencia, las historias de nuestra vida, desde el principio hasta el final, desde el nacimiento hasta la muerte. (…) [O también llegar a sentir] que leer es arriesgarse, (…) atreverse a vivir una vida vulnerable, una vida que deja el cuerpo herido, lleno de cicatrices que nunca van a desaparecer del todo” (Mèlich, 2020).
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