AMAR LA VOCACIÓN

P. Milko René Torres Ordóñez

En la segunda parte del Evangelio según San Marcos acompañamos a Jesús en su camino doloroso hacia la ciudad de Jerusalén. Nuestro autor sagrado determina con detalle el viaje misionero que incluye la región de Galilea, cuna del anuncio de la Buena Noticia de Jesús y escenario clave en su misión.

Jesús quiere instruir a sus discípulos con una intención clara: nadie debe impedir que impida llegar a su destino. Anuncia, en un segundo momento, que va a morir. En el contexto de la narración nos llaman la atención otros aspectos nuevos. Jesús va a ser entregado y rechazado por las autoridades judías. La muerte violenta en manos de los hombres evoca el destino del siervo sufriente de Yahvé que fue profetizado por Isaías. Los discípulos siguen sin comprender nada de lo que dice Jesús. De muchas maneras les había hablado que tenía que cumplir con la voluntad de su Padre. Nos trasladamos imaginariamente al relato de la transfiguración en el monte Tabor.

Sin embargo, aquella luz parece haberse apagado. En ellos pervive el miedo y la incertidumbre. Jesús, signo de contradicción, abre las entrañas de nuevas historias con consecuencias determinantes en la historia de la humanidad. Cumple a cabalidad el mandamiento del amor. Tiene claro que no hay amor más grande que entregar la vida por los demás. Nosotros, destinatarios directos de su ofrenda, recibimos como un bello regalo, el corazón de las bienaventuranzas. El miedo, a raíz de un débil discernimiento, impide el crecimiento de la fe. Esta virtud teologal, llamada a ser sólida, todavía es incipiente. Hace falta un adecuado conocimiento de su identidad, misión y persona. A Jesús hay que conocerlo para amarlo, seguirlo y servirlo como. Es el conocimiento interno del que escribió san Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales. No es suficiente adquirir sabios conocimientos académicos. Es necesario gustar internamente de las cosas que nos enseñó. Su palabra viva, elocuente, eficaz y transformadora alimenta nuestro espíritu.

Amamos y crecemos. El buen Maestro, Jesús, detiene su viaje hacia su destino final en un espacio familiar. En Cafarnaúm, “su casa”, imparte a sus discípulos nuevas enseñanzas. Jesús quiere, en este breve momento de cercanía, demostrar la riqueza que tiene cada palabra suya. La comunicación de la Buena Noticia exige desbloquear en su entorno cercano una serie de dificultades. Ellos, los suyos, están preocupados por otras cosas. Durante el extenuante camino de la misión han discutido varios temas. Jesús, les recuerda, que lo importante es la respuesta radical a su vocación. Están llamados a servir. Jesús conoce el corazón de sus discípulos. Por ello, acentúa con dos enseñanzas severas, que deben despojarse del orgullo y el afán de poder. La primera: grande es aquel que entrega su vida al servicio del prójimo de manera afectiva y efectiva. La segunda, con el ejemplo de un niño, insignificante en apariencia, pero explícita y completa. Somos grandes cuando nos despojamos de los vanos deseos de ocupar puestos de relevancia para dejar el lugar a quien vive con sencillez. Las dos enseñanzas de Jesús tienen mucha aplicación en nuestra vida: “El que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”.