Leonardo Chamba H.

Antecedentes. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), más de 850 millones de personas carecen de alimentos adecuados, y 13 % de la población mundial vive en la “inseguridad alimenticia”, ya que no saben si van a poder comer al día siguiente. El punto lógico para empezar a renovar la campaña contra el hambre es a través de gente que tradicionalmente ha producido los alimentos ─los pequeños agricultores─, con base en los siguientes argumentos: 1) las causas estructurales del hambre han sido ignoradas a favor de una filosofía de libre mercado, tecnologías de alto rendimiento y programas sociales basados en la asistencia; 2) el hecho de que 70 % de la población hambrienta del mundo viva en áreas rurales es prueba de que los agricultores del mundo necesitan ayuda, y pronto; 3) el hambre es una enfermedad cuya “cura” es la prevención; es hora de que los gobiernos y organismos internacionales devuelvan el énfasis donde debe de estar, con los agricultores pequeños (Rev. Tecnología en Marcha).
La definición de pequeño productor mantiene los rasgos característicos del “campesino”, que lo definen en términos de: el empleo de mano de obra familiar, sus limitados recursos económicos para el manejo de la unidad productiva, su aislamiento de los mercados y su sistema de producción bastante simple, así como su limitada capacidad de mercadeo. La FAO define al pequeño productor como una persona que adopta las decisiones de la utilización de los recursos escasos disponibles y del control de las operaciones de la explotación agropecuaria. Por consiguiente, pequeño productor y campesino son términos similares.
Saberes ancestrales. Existen muchos estudios que han elaborado inventarios sobre los conocimientos de los campesinos acerca del comportamiento de la fauna y la flora silvestre, como indicadores para predecir el clima y la producción agrícola; sin embargo, no se ha avanzado mucho en la verificación de esas predicciones con la realidad (CIED-Perú). Por mi parte, en los frecuentes recorridos por los cantones occidentales de nuestra provincia, en la época de mi función como extensionista agrícola del MAG, escuché muchas frases de los campesinos en la época de inicio anual de la época de lluvias (octubre) acerca de predicciones para las siembras que tenían que realizar; pero, cuando les preguntaba sobre sus conocimientos relacionadas con las características de los suelos, por solo poner un ejemplo, me contestaban que habían “suelos pesados” y “suelos livianos”, evidenciando que no tenían nociones acerca de los componentes del suelo, que son los que, en su diversa proporción, sirven para clasificar a los suelos. Al mismo tiempo, hay que reconocer que los pequeños agricultores no solamente siembran una determinada especie de planta con la que están más familiarizados, como maíz duro, fréjol, maní, etc., (cantones occidentales de Loja), porque el suelo es apropiado para dicha semilla, sino que también las esposas cultivan hierbas aromáticas y medicinales, crían uno o dos chanchos, tienen gallinas ponedoras, por lo que la propiedad se convierte en definitiva en una “fábrica”, donde, además de la obtención de granos para la comercialización y la alimentación, producen para su propia manutención hortalizas y legumbres, huevos, carne de gallina, carne de chancho, etc. Por ello, es totalmente indispensable que el agricultor, y también su familia, conozca en forma pormenorizada las técnicas óptimas que deben ser aplicadas de manera continua para lograr rendimientos más elevados, y, por consiguiente, alcanzar mayores ingresos económicos por la venta de los excedentes.
Debido a que en la aplicación de las ECA en Ecuador no se han tratado temas sobre nociones básicas relacionadas con los suelos, su manejo y fertilización, a partir de la próxima entrega iniciaré la exposición de conocimientos elementales sobre dichos factores. (Continuará).
