Juan Luna
Quilanga 19 de septiembre 2024
Existe un viejo adagio “hay que educar al niño, para no castigar al hombre”, dicho sentido al momento de expresarlo, pero, sobre todo, al vivenciarlo. Cada uno con criterio y sentido crítico puede darle la connotación que desde su experiencia, reflexión y conocimiento tuviere, personalmente, hablaría de “formar al niño, para no castigar a los adultos”, pues, la formación tiene que ver con el corazón, con la vida, con los valores y con una toma de conciencia que trastoque el ritmo de vida que llevamos.
Si solamente damos una mirada rápida a las noticias y a las imágenes de los medios digitales y convencionales de los últimos dos meses, nos quedamos absortos por la crueldad, intensidad y amplitud de los incendios que cada vez están más cerca de nuestras ciudades y comunidades, son aún más duras las que muestran a ríos casi secos, llenos de piedra y tierra.
Ante esta cruda realidad la educación, la formación, la responsabilidad social y el compromiso colectivo son claves para garantizar un futuro sostenible.
El Ministerio de Educación en este proceso permanente de búsqueda y compromiso por mejorar aprendizaje, con frecuencia va recreando el currículo para que en el marco de la libertad, la responsabilidad y autonomía sea contextualizado a una realidad global pero que nazca de lo local. Así tenemos el Currículo Nacional, luego, el currículo priorizado, un currículo priorizado para emergencia y desde noviembre del 2023 se promulga el Marco Curricular Competencial de Aprendizajes con tres áreas: Fundacional, Integradora e Innovación que se implementará progresivamente hasta el 2025.
En el presente año lectivo 2023-2024 se promueve la inserción curricular de educación cívica e integridad, de desarrollo sostenible, de educación financiera y de educación soioemocional, que representan una primera experiencia de transición del currículo nacional basado en destrezas con criterios de desempeño por un currículo nacional con enfoque en competencias..
El desarrollo sostenible debe brotar desde la educación, la concientización y la coherencia de pensamiento, acción y vida que nos conduzca a actuar con rapidez y responsabilidad para evitar consecuencias devastadoras no solo para el medio ambiente, sino también para nuestra seguridad alimentaria y calidad de vida, por tanto, con una visión a largo plazo se garantizará un futuro sostenible para las generaciones futuras.
La sequía, el cambio climático, los incendios, los gases de efecto invernadero, la emisión de dióxido de carbono aceleran y agravan los efectos, como la escasez de agua que impactan en la agricultura, la ganadería y amenazan el acceso al agua potable y la generación del servicio de energía eléctrica.
El enfoque de desarrollo sostenible brinda a los estudiantes de bachillerato, “habilidades, conocimientos, competencias, motivaciones y compromisos para enfrentar los problemas ambientales locales y globales como: el cambio climático, la degradación medioambiental, la pérdida de la biodiversidad”, fomentando acciones que garanticen equilibrio económico, social y ambiental e insertado en las prácticas pedagógicas y con una mirada desde la transversalidad”
El Ministerio de Educación ha dado el primer paso, corresponde a las instituciones educativas orientarlos y plasmarlo en la planificación curricular y microcurricular, según su contexto social, natural, cultural, su historia, tradiciones y problemas locales y globales.
Como responsables de la educación no nos hagamos de oídos sordos, en cada comunidad educativa debe nacer la transformación social con un trabajo integral y colaborativo. Es hora de actuar, es hora de cuidar, proteger y preservar los recursos que pertenecen a todos.
