Por: Sandra Beatriz Ludeña
La relación entre la poesía y la vivencia es innegable, aunque poco pensada, la creación poética se pierde entre el mundanal ruido y las ansias por el hacer y deshacer de las cosas. Mas, contrariamente a lo que se piensa, la poesía se mete con la realidad cruda y va más profundo del romanticismo, pues, está allí dentro, bajo la piel de quien siente.
A la poesía no se llega por los caminos normales, ni se entra por las angostas puertas comunes, es cierto, la poesía es un palacio, —según mi experiencia—, al cual se llega solo después de sentir, afrontando la pérdida como un sistema de percepción, aceptación, adaptación, integración. Pero ¿qué quiero decir?
La experiencia poética llega mucho después de intuir su belleza, para mí, solo me asomé a sus umbrales después de vivir el límite, porque para entender la poética se tiene que aprender a sentir y, eso es percibir sin pausas, ir de dolor a dolor, soportando sin parar, pues quien se da un respiro, solamente la conocerá desde lejos, la experiencia poética se vuelve esquiva.
En mi caso, intenté sentir a pesar que duela, a pesar de exponerme, porque claro, ser poeta es un riesgo, aun así, con los años de madurez revisando vivencias: reinterpretar, redescubrir, renombrar, reexpresar y repensar, son tareas comunes, en ese nivel, una se aproxima a los umbrales del palacio, se puede ver áreas del barroco interior que va mucho más allá de lo que encierra un lenguaje.
Pero, entrar al palacio poético no es fácil, hay muchas puertas, para mí ninguna se abrió y tuve que redefinirme, encubrirme y superar cada obstáculo, finalmente, en los portones de entrada, la guardia prohibía la admisión.
A pesar de los riesgos, no me conformé con los accesos cerrados, fui escalando por los caminos menos pensados, desde utilizar los balcones como escalera, hasta abrazarme de las grandes columnas para ir ascendiendo y, en cada nivel fui admirando la exquisitez del lenguaje y fui consciente de lo que es hacer poesía. Pues esa exacción que obliga a salir del pensamiento, a ahondar en la antelación y reinterpretar las emociones, se trata de una gramaticalidad sui generis o agramaticalidad que da en el clavo, con la palabra justa, que da sentido infinitamente profundo y lo expande.
En el último nivel, por sus amplios pasillos, llenándome los ojos de sus museos, de historia y significados, resulta que la poesía satisfizo esas preguntas que repican en la conciencia: ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Por qué escribo?, aunque esto siempre es luego de hacer su medio el lenguaje, porque es cierto, mientras se vive su proceso, se va con los ojos ciegos, pues, la condición es sentir. Esto es lo que la modernidad llama autoconsciencia poética.
Oh sorpresa, para quienes afirman un rotundo divorcio entre poesía y filosofía, resulta que al final de los finales, sus cauces resultan un solo río y, nos corre, siempre nos recorre la vivencia.
