Efraín Borrero Espinosa
Actualmente las funerarias se encargan de todo, dependiendo de los recursos económicos disponibles; pero básicamente recogen a la persona fallecida en el lugar de defunción; proceden a su enferetramiento; es decir, poner el cadáver dentro de un ataúd; maquillarlo para que se muestre como en vida; encargarse de todo el papeleo; trasladarlo al local que disponen para su velación; procurar que la ceremonia religiosa esté colmada de espiritualidad; lucir las más hermosas flores; contratar artistas para que rasguen el sentimiento de familiares y amigos, y enterrarlo en el sitio que se haya destinado.
No faltan los cuatro cirios porque representan las etapas de la vida del difunto: niñez, adolescencia, adultez y vejez. No hay velas encendidas, eso ocurría cuando los pueblos no contaban con el servicio de energía eléctrica. En la edad media se colocaba el cuerpo del fallecido sobre una mesa rodeada de allegados quienes portaban velas encendidas. El propósito era asegurarse que la persona estuviera realmente muerta; es decir velaban el cuerpo, lo que luego se conoció como velorio, que en la actualidad tiene una connotación diferente.
La oferta de servicios funerarios está en catálogos y cada vez son más suntuosos. Muchas personas previsivas se acogen a los planes prepago y programan su entierro en la forma que deseen, conscientes que lo único seguro que tenemos en la vida es la misma muerte.
Las ejecutivas de ventas visitan a potenciales clientes para ofrecerles el mejor servicio. Mientras explican el asunto pensamos de qué manera podríamos ir a parar en el hueco cuando llegue el momento. Yo fui objeto de una de esas visitas y se me ocurrió preguntar si acaso pueden adicionar el servicio de “plañideras”, porque mi deseo es que me lloren hasta la saciedad.
No sabía de lo que hablaba y tampoco vaciló en preguntarme. Le dije que esas personas, llamadas también “lloronas”, son mujeres que con su llanto y gemido colman el ambiente de espeluznante dolor. Se ubican junto al ataúd, como lo hacen en el Perú, y comienza la intensa lloradera durante el tiempo que se las contrate. No tienen problema de llorar las horas que sean porque al no quedarles más lágrimas llevan una loción de ajos y cebollas para untarse los ojos.
La chica comprendió que era una broma cuando vio la sonrisa en mi rostro. Ella también disfrutó y no pudo contener una leve carcajada, que en definitiva selló la visita que gentilmente me hizo, quedando pendiente el asunto principal.
Antes de que existieran las funerarias en Loja, el velorio era en las casas. Los familiares tenían que asumir todo o parte de los servicios que hoy se ofertan. La sala, dormitorios y cualquier otro rincón se desocupaban para colocar sillas. Del aguado de gallina para servirse a la media noche se encargaban varias señoras utilizando grandes ollas. Los hombres preparaban el canelazo para el frio.
Lo que más se valoraba era la compañía de quienes llegaban al velorio a la media noche y se amanecían bien comidos y bebidos. No faltaba quien se excediera con los canelazos.
La gente no enviaba muchos ramos de flores, pero utilizaba algo que se popularizó por su alcance social: la Liga de Caridad, una tarjeta de condolencia de diversos valores que se adquiría en la organización social del mismo nombre, creada gracias al espíritu solidario del destacado ciudadano lojano, Agustín Samaniego Riofrío, quien con su esposa, Elisa Burneo Palacio, se propusieron congregar a un grupo de hombre y mujeres altruistas para materializar acciones en beneficio de los más necesitados. Su existencia data desde el catorce de marzo de 1939 de la mano espiritual de la Iglesia católica.
Inicialmente fue un colectivo espontáneo e informal que luego adquirió personería jurídica. A lo largo del tiempo decenas de hombres y mujeres investidos de virtudes y valores, a los que se unieron preclaros sacerdotes como Francisco Valdivieso Alvarado y Ángel Rogelio Loaiza, han contribuido con su esfuerzo al emprendimiento de obras sociales que han dejado honda huella en la comunidad lojana.
La idea de crear esas tarjetas, que existen hasta la actualidad, ha sido que “la solidaridad que se quiere demostrar perdure más allá de la vida de una rosa o un clavel y se traduzca en obras a favor de los desamparados”.
Llegado el momento se trasladaba el féretro a la iglesia para la celebración de la liturgia; se lo hacía en una carroza fúnebre cuyo servicio ofrecía la Sociedad Obreros de Loja. Se trataba de un carruaje tirado por una acémila dirigida con la brida en manos del hombre que gobernaba al animal. La Sociedad Unión Obrera “Primero de Mayo” también tenía la suya para servicio de los socios y a veces para brindar servicio privado. Fue construida por el entonces presidente e ilustre hombre público, Leopoldo Palacios.
Años más tarde aparecieron los vehículos adaptados para sustituir a las carrozas fúnebres. Mi madre, Julia Espinosa Suárez, mujer profundamente católica y que con gran fuerza humana desarrolló una silenciosa labor social, logró que la Sociedad de Obreras Vicentinas de Loja tuviera uno de ellos para brindar servicio a las socias, cuando ejerció apasionadamente la presidencia de esa organización social.
Otra opción era llevar el féretro en hombros hasta la iglesia. En algunas ocasiones y tratándose de personajes que habían conquistado el corazón de los lojanos con sus buenas acciones, el Obispo de la Diócesis era quien celebraba la misa de cuerpo presente.
Los discursos no faltaban y algunos eran interminables, como cuando falleció Daniel Álvarez Burneo, que en total habían devorado un tiempo de cuatro horas.
Concluida la ceremonia religiosa el cortejo fúnebre se encaminaba hasta el cementerio municipal ubicado en el sector de lo que hoy es el Coliseo Ciudad de Loja. Adelante iba la carroza fúnebre o el grupo de hombres que llevaban el ataúd en hombros. En casos excepcionales, la banda de la Zona Militar presidía el sepelio interpretando una marcha fúnebre con notas desgarradoras. Luego se ubicaban los familiares, amigos y demás acompañantes.
A paso lento avanzaba el cortejo fúnebre por la calle Bolívar en donde se sitúan cuatro de las cinco principales iglesias de la urbe. Se atravesaba el puente antiguo llamado “del cementerio” sobre el río Malacatos, construido de cal y canto sobre muros de piedra, entre 1899 y 1900; obra costosa en su tiempo que años más tarde fue derruida con dinamita, sin considerar su valor histórico y patrimonial.
Junto al puente estaba el cementerio en donde no faltaba algún otro discurso. El sepulturero esperaba con todo lo necesario para cumplir su labor. Al final, el grupo se reducía a familiares íntimos para decirle al difunto cuanto lo querían.
Cuando falleció Daniel Álvarez Burneo, el cuatro de agosto de 1936, la última persona que quedó en el cementerio fue la monja Matilde Espinosa Ruiz, quien en su juventud fue el amor platónico del filántropo, antes de que contrajera matrimonio con Amalia Eguiguren. Sola frente a la tumba exclamó: «Daniel, para ti la gloria, para mí el infierno», y lloraba desconsoladamente.
Pasaron los años y gracias al emprendimiento de la familia Jaramillo se estableció en la ciudad de Loja la Funeraria Jaramillo, cuyo origen se remonta al trabajo esforzado y fecundo de Manuel Lucas Jaramillo Escudero en la ciudad de Gonzanamá, contando siempre con el apoyo de su fiel esposa María Eloísa Herrera Figueroa. En ese tiempo el servicio consistía en la provisión de cofres mortuorios y velaciones en domicilios.
Con esa misma perspectiva se trasladaron a Loja y con su hijo establecieron un local en el barrio Cuarto Centenario, en 1969, siendo éste el germen de Funeraria Jaramillo. Posteriormente, el emprendimiento quedó bajo la responsabilidad única de Gilberto Jaramillo Herrera, quien implementó la sala de velación.
Los hermanos Jaramillo Mosquera, entre ellos Fausto, actual presidente ejecutivo, se involucraron a la empresa en el año 2000, impulsando a lo largo del tiempo grandes realizaciones como la construcción del camposanto “Jardines del Zamora” y el servicio de cremación.
Ha sido tal el crecimiento de esta empresa pionera que ha logrado desarrollar el proyecto llamado «Puente Arcoíris» destinado a la cremación de mascotas, bajo el criterio de que esos fieles animales también merecen una despedida digna.
En el año 2006, un grupo de lojanos deseosos de contribuir al desarrollo de nuestra ciudad, entre los que se cuentan: Darío Palacios, Claudio Burneo, Claudio Eguiguren, Manuel Veintimilla y René González, promovieron la iniciativa de construir un moderno camposanto concibiéndolo como un hermoso y amplio jardín para la paz eterna.
Unieron capitales y esfuerzos para hacer realidad el proyecto y constituyeron la Sociedad Anónima Camposanto Los Rosales, nombre del sector perteneciente a la parroquia San Sebastián, al sur de la ciudad, sitio en el cual adquirieron dos hectáreas de terreno.
La idea fue brindar servicios exequiales de alta calidad y a la altura de los que ofrecen las más prestigiosas empresas de este tipo en el país. Así, con esa visión y optimismo abrieron las puertas del Camposanto Los Rosales en el año 2009.
Actualmente la empresa está representada por la dinámica Ing. Gloria Alegría Barba Rivadeneira, que con capacidad de gestión se propone alcanzar grandes objetivos beneficiosos para la colectividad lojana.
Los servicios que brindan Funeraria Jaramillo y Camposanto Los Rosales se insertan en las soluciones eficaces que la modernidad impone, cumpliendo rigurosamente la legislación aplicable, así como las normas de calidad nacionales e internacionales, a fin de garantizar que esos servicios sean adecuados para su finalidad. Bien por Loja y por los afligidos familiares que pierden a un ser querido.
