A oscuras, así están nuestras ciudades al caer la tarde, confinándonos nuevamente al refugio de nuestros hogares. Pero, ¿qué pasa con aquellos que no tienen un hogar al cual volver? Estamos presenciando un verdadero apocalipsis: nuestro país se calcina, nuestros ríos agonizan de sed.
Regresamos a un sentimiento impuesto de limitación. Mientras observamos las consecuencias de los “retoques” que hemos hecho a este lienzo esférico que sostiene nuestra existencia, nos secamos lentamente. Aún más grave es ver cómo nos consumimos, día tras día, como responsables de esta catástrofe. Nosotros, porque la huella de nuestra existencia ha sido más letal que fructífera, y quienes aprovechan la crisis climática para un juego político tan macabro como los mismos relatos del apocalipsis. Dañar nuestro hogar, a sabiendas de su fragilidad, solo puede ser fruto de una notable ignorancia, odio, egoísmo y la evidencia de nuestra capacidad de obtener beneficios personales a través del dolor ajeno y el sufrimiento de nuestro planeta.
En algún momento pensamos que habíamos vivido lo peor con el confinamiento de la pandemia, que en su improvisada gestión médica nos mostró cómo grandes amigos y familiares se despedían por causas “desconocidas”, atribuidas, según se rumorea, a esas tres o cuatro dosis de vacunas, cuyas posibles consecuencias apenas comenzamos a vislumbrar.
Luego, atravesamos la pandemia de la inseguridad, que aún no logramos superar y que nos ha llevado a acostumbrarnos a que las crónicas rojas sean noticia cotidiana, al puro estilo sangriento de «El Padrino». Pero la pandemia actual es, en realidad, el resultado de nuestra pobreza intelectual y la falta de conciencia sobre nuestra existencia.
¿Qué podemos decir de alguien que enciende una antorcha para quemar su propia mano? Que Dios nos ampare, pero, sobre todo, que ilumine a los líderes mundiales, que siempre han tenido la balanza a su favor y de quienes dependen las acciones masivas. Seguimos viendo anuncios de “todavía estamos a tiempo”.
Ojalá no sea una metáfora de que aún estamos a tiempo de seguir extinguiéndonos, porque las múltiples campañas mundiales sobre el cambio climático y la transformación energética han servido de poco o nada. Vamos como liebres consumiendo nuestro hogar, mientras, a paso de tortuga, nos enfrentamos a las consecuencias de nuestros actos.
Finalmente, somos lo que somos y vivimos las consecuencias de lo que hicimos.
