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“Nosotros somos como los granos de quinua, si estamos solos, el viento lleva lejos. Pero si estamos unidos en un costal, nada hace el viento. Bamboleará, pero no nos hará caer.
Somos como la paja de páramo que se arranca y vuelve a crecer… y de paja de páramo sembraremos el mundo”.
Con dos pensamientos de Dolores Cacuango Quilo, iniciamos este comentario sobre esta mujer indígena que nació el 26 de octubre de 1881 en San Pablo de Urcu, cerca de Cayambe, provincia de Pichincha. Sus padres fueron campesinos huasipungueros quichuas en una hacienda latifundista; comenzó a trabajar a temprana edad.
Ella, como toda niña indígena de la época, no pudo ir a la escuela, así que no aprendió a leer ni a escribir. Pronto se dio cuenta de que no existían derechos (y los que existían quedaban solo en papel) para ella ni para su familia ni amigos. Entendió que, para las mujeres, esta realidad era aún peor: aunque trabajaban lo mismo que sus maridos, no recibían sueldo, así, la mujer indígena estaba en una doble condición de vulnerabilidad: por ser indígena y por ser mujer; era considerada otro bien del hacendado. Desde que las indígenas tenían diez años, los patrones y sus hijos las violaban. Muchas tenían hijos no deseados ni reconocidos que debían criar solas, aun siendo adolescentes, e incluso, niñas.
El español lo aprendió trabajando de joven como empleada doméstica en Quito. Por falta de recursos, no tuvo educación escolar y nunca aprendió a leer ni escribir.
Se casó en 1905 y tuvo nueve hijos, de los cuales sólo sobrevivieron dos, debido a las pésimas condiciones de vida en el campo ecuatoriano en esa época. Uno de ellos se llamó Luis, y más tarde, fue educador, como su madre.
Cacuango empezó su actuación política con su participación en una rebelión popular en Cayambe impulsada por el Sindicato de Trabajadores Campesinos de Juan Montalvo en 1926, en la que destacó por su capacidad de organización y sus discursos a las masas en quechua y castellano. Cacuango devendría una de las más destacadas e importantes dirigentes indígenas y campesinas en su país.
En la «Revolución de 1944» dirigió un asalto armado a la estación de policía en Cayambe. Ese mismo integró la delegación ecuatoriana al II Congreso de Trabajadores Latinoamericanos en Cali, Colombia.
El 26 de julio de 1930 en lo que hoy se conoce como parroquia Juan Montalvo, en una reunión secreta, junto a Jesús Gualavisí y otros compañeros, Dolores Cacuango fundó, junto a Nela Martínez, la Federación Ecuatoriana de Indios y fue elegida presidenta.
En agosto de 1944 fundó la Federación Ecuatoriana de Indios, junto a otros líderes campesinos y con la ayuda del Partido Comunista del Ecuador y de la Confederación Ecuatoriana de Obreros. Cacuango ocupó la Secretaría General de la FEI.
En 1930 Dolores comandó una revuelta en la que los indígenas pidieron remuneraciones, mejores tratos por parte de los terratenientes, salarios justos, pero como no hubo respuesta, organizaron una gran marcha de dos días a Quito. En el gobierno de Ayora quería expulsar a los indios de las haciendas. Para Dolores, en lugar de un golpe bajo, esto le dio más fuerza para seguir luchando.
Sin saber leer ni escribir, Dolores fundó las primeras escuelas interculturales bilingües en 1945, junto a la profesora integrante del partido comunista de Mejía, Luisa Gómez de la Torre, en Santa Ana, Mollurco, La Chimba y Pesillo. Lo hizo sin ningún espacio físico ni autorización, solo con la convicción de que era fundamental crear escuelas interculturales bilingües que respeten las lenguas tradicionales y las costumbres de cada pueblo.
En los 1960 asumió la lucha por una reforma agraria. También se preocupó permanentemente por los derechos de las mujeres trabajadoras del campo.
Aunque en la cultura indígena es común ver liderezas, pues la mujer y lo femenino siempre han tenido un lugar importante, empezando por La Pachamama, Dolores fue un caso excepcional. Fue ella la precursora de toda una generación de mujeres indígenas luchadoras. Tras ella vinieron muchas más: Tránsito Amaguaña, Angelita Andrango, Brígida Pilataxi, Helena Tamba.
Dicen que cuando hablaba lo iluminaba todo. Que su voz era como una tormenta, “como una vibración del Cosmos”. Que, para hablar de las mujeres y los hombres, hablaba de la montaña, del sol, del páramo. Que no tenía miedo. Que cuando todos cayeron, ella se levantó. Que cuando todos se quedaron sin voz, ella habló.
Luchó para sacar del anonimato a todas las minorías, ya que ella misma, era parte de todas: era indígena, era mujer, era pobre y analfabeta. De ella, dice la historiadora Raquel Rodas Morales, quien más ha estudiado sobre su vida, que cuando hablaba, “su voz era como una vibración del cosmos. Nadie podría dejarla de escuchar”.
Dolores Cacuango falleció el 23 de abril de 1971 en Yanahuayco, cerca de Cayambe, con 89 años.
