Pobre de mí

Fernando Oñate

¿Alguna vez se ha lamentado por no conseguir lo que deseaba o por no saber si algún día lo conseguiría? ¿Quizá alguna vez se lamentó porque llevaba una vida demasiado dura y llena de infortunios? ¿Es de los que necesita quejarse y mostrar sus padecimientos a otras personas? Si su respuesta es afirmativa, quizá sea víctima de la autoconmiseración.

Cuando alguien siente compasión de sí mismo, se habla de autoconmiseración. Este sentimiento surge del miedo, del pesimismo y del egoísmo. Quien es pesimista piensa que el infortunio gobierna su vida, por eso se compadece de su mala fortuna. La autoconmiseración es un sentimiento constante de desgracia, con una fuerte concentración en sí mismo que lo lleva a considerarse siempre el protagonista de la tragedia más grave sin importar las que le rodean. Una persona con autoconmiseración cree que no merece nada bueno, que es víctima de sus carencias o necesidades insatisfechas, se torna fatalista, en ocasiones manipuladora, con baja autoestima, con odio hacia los que la lastimaron y puede caer en episodios de depresión.

Las personas con autoconmiseración dejan de creer que hay cosas buenas en la vida y reclaman el resarcimiento del daño recibido, llegando a controlar a otros con su constante lamentación y a pesar de que tienen una vida razonablemente buena, prefieren mantenerse sufriendo.

Cuando se leen los salmos escritos por el Rey David es fácil comprender que él tenía razones suficientes para sentir lástima de sí mismo ya que a menudo se encontraba en situaciones lamentables: fue traicionado, perseguido, tuvo que refugiarse en una cueva. Lejos de autocompadecerse, su actitud fue muy diferente:  llevó sus lamentables circunstancias ante el Señor en oración. “Oh Dios, oye mi oración; Escucha las razones de mi boca. Porque extraños se han levantado contra mí, Y hombres violentos buscan mi vida; No han puesto a Dios delante de sí” (Salmo 54). David sabía reconocer su extrema necesidad y la canalizó hacia quién podía socorrerlo.

La autoconmiseración entraña un problema de visión ya que las personas que la padecen se colocan delante y solo se centran en ellas mismas, olvidando que la mirada debe estar puesta en el Señor, aquel Padre grandioso, misericordioso, soberano y justo. David no se autocompadecía, se sobreponía con su confianza en Dios “Al Señor he puesto continuamente delante de mí; porque está a mi diestra, permaneceré firme” (Salmo 16). Con el respaldo del omnipotente, al igual que el rey David de nuestra boca nunca saldrá un “pobre de mí”.