Benjamín Pinza Suárez
Duele en el alma ver arder árboles, bosques, vegetación, montañas, aves y animales silvestres ante la impavidez de un ministerio del ambiente que no funciona, de autoridades cantonales y provinciales que reaccionan a destiempo, sin coordinación ni planes de contingencia, sin políticas de prevención y control de incendios forestales; sin equipos de emergencia y programas de concienciación ciudadana. Los COES nacionales, provinciales y cantonales desarticulados; sin planes de emergencia y remediación de las áreas afectadas. No hay acciones preventivas a través de la difusión y trabajo de organización con las comunidades asentadas en las zonas de riesgo; sin un fuerte liderazgo de las autoridades para pedir ayuda urgente al gobierno dado que los incendios se provocan en terrenos de difícil acceso que requiere la presencia de helicópteros para poder mitigar la afectación a las cuencas hídricas y a uno de los parques de mayor reserva de biósfera y de biodiversidad, única en el mundo, como lo es el Parque Nacional Podocarpus.
Hace falta preparar a la población y hacer conciencia en las comunidades sobre el peligro, prevención y reacción ante el azote de los incendios que, por lo regular se dan entre los meses de julio y noviembre, que es el período más crítico por las altas temperaturas, los fuertes vientos, alta radiación ultravioleta que hace que la materia orgánica se seque y queme con mayor rapidez. Ya tuvimos como antecedente la tragedia ocurrida en Quilanga que debió ponernos en alerta y estar debidamente preparados, máxime cuando estamos viviendo un cambio climático; y, los hechos lo demuestran, recién el GAD cantonal declara en emergencia al cantón Loja el 16 de noviembre para activar al Comité de Operaciones de Emergencia, a sabiendas que los incendios son provocados por la acción humana, sea por las quemas que hacen los campesinos en sus terrenos agrícolas, por quema de pastizales, por fogatas de excursionistas, por lanzar colillas de cigarrillos, por prácticas antitécnicas o mediante acciones perversas, tal como ocurrió en Quito donde un taxista irresponsable prendió fuego en el Panecillo y muy suelto de huesos confesó que lo había hecho porque estuvo borracho; por suerte, ese flagelo se lo pudo sofocar en el mismo día por la rápida acción del alcalde. No obstante, el alcalde de la capital denunció con nombres y pruebas a la fiscalía general a estos piros maniáticos, pero no pasó nada.
Mientras no se castigue con penas severas a esta gente inescrupulosa, de manos criminales, los incendios no pararán. En países como en Chile y otros, existe leyes para aplicar a los causantes de estos desastres, con penas que van de 2 a 3 años de prisión y hasta de 5 a 10 años y fuertes multas, según la gravedad del caso. Loja en estos últimos 8 días ha soportado alrededor de 8 incendios de gran magnitud y se han destruido más de 4 mil hectáreas de flora y fauna, contaminando el aire y afectando la salud humana. Gracias a la ayuda del Perú, a la embajada de Italia y fundamentalmente a esa garra, a ese coraje y profundo amor a la naturaleza demostrada por hombres y mujeres voluntarios de esta ciudad y especialmente por los comuneros y moradores de las zonas afectadas, es que se pudo superar este terrible desastre.
Nunca sabremos el valor profundo de la naturaleza hasta que las aves dejen de trinar, hasta que las quebradas se sequen, hasta que los árboles dejen de ser equilibrio natural, sombra y oxígeno de vida. Ahora todos decimos medio ambiente porque ya hemos destruido la otra mitad. “Si perdemos la lucha ambiental, ninguna otra lucha tendría sentido y todo por un salvajismo, es que “Salvaje no es quien vive en la selva, sino quien la destruye” y con este proceso destructivo, la tierra no es que está muriendo, está siendo asesinada y, si el campo no produce, la ciudad no come y lo peor es que no comprendemos que la naturaleza es la que nos brinda los mejores nutrientes de la vida y los más hermosos colores del espíritu.
