El baúl de los recuerdos: Zapotillo, tierra de heroísmo y prosperidad

Efraín Borrero Espinosa

Mi sobrina Rosa Antonia Muñoz Borrero, una destacada enfermera profesional con estudios de especialización en el exterior y labora algunos años en el Hospital General Manuel Ygnacio Monteros, tuvo la gentileza de invitarme a visitar la heroica y próspera ciudad de Zapotillo, en el filo de la patria.  

Hace mucho tiempo no había estado en Zapotillo; tenía especial interés en hacerlo luego de haber leído las obras de Eduardo Moncayo Córdova: “Zapotillo: supervivencia o muerte” y “Síntesis Histórica de Zapotillo: Desflorecimiento y Florecimiento”, que el autor me hizo llegar generosamente en junio del 2022.  

Mi amigo Eduardo Moncayo Córdova, un coronel retirado del ejército nacido en Zapotillo y amante de su tierra como pocos, se propuso el objetivo de escudriñar fuentes primarias e históricas del Ecuador y Perú para brindarnos la historia de su tierra. Galo Ramón Valarezo, que es palabra mayor en materia histórica, dice que “Zapotillo ya tiene su historia para contarla”

La carretera asfaltada, pasando por Catacocha, Celica, Pózul y Pindal, está en buenas condiciones y se constituyó en vía libre para que mi sobrina muestre su pericia como conductora. El trayecto es muy agradable por la cantidad de pintorescos caseríos y recintos, así como por la transformación de la naturaleza que desciende desde los 2060 hasta los 135 m.s.n.m. Evidentemente que los campos exhiben su palidez ante la falta de lluvias, problema grave que estamos enfrentando.

Kilómetros antes de nuestro destino final, mis hermanas, que también fueron parte de ese inolvidable viaje, expresaron su deseo de conocer la cabecera parroquial de Garzareal, una zona donde predomina el cultivo de maíz, cebolla, arroz y zarandaja, un frejol muy apetecido en la zona fronteriza y norte del Perú.

Ahí encontramos que el Sub Centro de Salud lleva el nombre de Vicente Rodríguez Witt, porque sus pobladores, gente sencilla y campesinos de ese recóndito lugar, reconocieron la proficua trayectoria profesional y de servicio de tan ilustre galeno.

Mi sobrina se había preparado para procurar que nuestro paseo sea muy placentero; entre otras cosas había seleccionado música con la que nos deleitó durante todo el recorrido. Muy cerca de la ciudad de Zapotillo nos hizo escuchar la hermosa canción «Pueblo mío» del distinguido cantautor zapotillano Dans Dagoberto Vilela, que es una muestra de amor a su tierra querida.

El ingreso a Zapotillo, fundado el 20 de enero de 1534 por Sebastián de Benalcázar, comenzó a dibujar en mi mente la transformación urbana que en los últimos años se ha producido, lo que efectivamente constaté en mis recorridos por la urbe.

Lo primero que se destaca es un gran monumento representado por dos elementos: chivos y caballos. Los primeros consagran el potencial de la ganadería caprina que hace de Loja la primera del Ecuador con una producción del 46%.

Se sabe que desde hace unos diez años la crianza de cabras dirigida a la producción de leche, carne o doble propósito, ha comenzado a tomar fuerza en el sector fronterizo.  Instituciones vinculadas al desarrollo agropecuario como la Prefectura de la Provincia, Ministerio de Agricultura y Ganadería y Universidad Nacional de Loja asisten a los campesinos en el asesoramiento productivo, haciendo énfasis en la producción de carne. Los emprendimientos alrededor de la transformación de la leche de cabra en queso fresco y dulces, como la llamada natilla, ha aumentado significativamente.

Me imagino que los caballos representan al único medio de transportación que los pobladores de Zapotillo tuvieron por décadas ante la falta de vías por el abandono estatal.

Ciro Alberto García Robles, Abogado Asistente Jurídico de la Procuraduría Síndica en el Gobierno Autónomo Descentralizado del cantón Zapotillo, me dijo que el monumento está en construcción y que seguramente el Cabildo le dará alguna denominación.

A Ciro García le comenté mi grata impresión sobre el desarrollo urbano de Zapotillo y lo atractivo de la ciudad, en la que el aspecto más importante es la calidez y hospitalidad de su maravillosa gente, algunas de cuyas familias provienen de asentamientos españoles que encontraron en Zapotillo el sitio ideal y agradable para vivir, como es el caso de los Sánchez, Ramírez, Granda, Luque, Gonzaga, Moncayo, Ruiz, Burneo, García, Vaca, Bustamante, Álvarez, Gálvez, Valdivieso, Soto, Flores, Toledo, Requena, Villalba, Alvarado, Carrera y Robles. Con el devenir del tiempo aparecieron nuevos grupos familiares con apellidos españoles.

Los habitantes de Zapotillo atribuyen la prosperidad de su terruño a dos factores determinantes: el primero, la suscripción del Acuerdo de Paz en el Palacio de Itamaraty por parte de Jamil Mahuad de Ecuador y Alberto Fujimori del Perú, el 26 de octubre de 1998, lo que les ha permitido vivir en paz, desarrollarse activamente y tener confianza para las inversiones. A eso se debe la construcción del puente internacional de Lalamor que posibilita una movilidad fluida entre los dos pueblos limítrofes; aunque aún falta que el Perú cumpla el compromiso de construir el Centro Binacional de Atención Fronteriza (CEBAF), que es un conjunto de instalaciones que incluye rutas de acceso, oficinas, equipos y mobiliario. 

El segundo, a la construcción del ansiado canal de riego, un proyecto que fue inaugurado en el 2014 luego de una intensa lucha que se inició en 1970 por parte de los zapotillanos. Esta obra capta aguas del río Catamayo para ser trasvasadas a la cuenca del Alamor, a fin de dotar de riego a unas 6.800 hectáreas.

En este punto me viene a la mente el recuerdo nostálgico de mi gran amigo Fernando María Torres Durán, casado con la espiritual y talentosa médica, Mercedes León Ojeda, quien fue parte del equipo de profesionales que hizo realidad esa gran obra de ingeniería.

Como funcionario de PREDESUR se lo asignó al proyecto en calidad de fiscalizador por lo que tenía que trasladarse a la ciudad de Zapotillo en jornadas permanentes. Entre idas y venidas llegó el fatídico día martes quince de junio de 1999, en el que un trágico accidente de tránsito cegó su vida.

Al día siguiente cumplimos con el deseo de visitar a Roberto Burneo Valdivieso y su encantadora esposa Dunia Espinosa Larriva, en la planta de la Compañía Agrícola Industrial Zapotillo, situada a unos cinco kilómetros del puente fronterizo con el Perú, en Huásimo Sur.

Esta compañía se constituyó el 3 de enero del 2014 con la participación de tres jóvenes visionarios y emprendedores: los hermanos Roberto y Juan Eduardo Burneo Valdivieso y Juan Eduardo Burneo Toro, logrando a lo largo del tiempo exitosos resultados en la siembra, cosecha e industrialización de la uva.

Roberto, que es el que está al frente de los procesos en toda la cadena de valor, nos recibió con calidez y afecto junto con su esposa Dunia, y nos invitaron a realizar un recorrido por todas las instalaciones. Dice que el clima y la luminosidad tienen niveles asombrosos y muy propicios para la siembra de uvas, cuya producción es vendida al por mayor a Supermaxi y a otras grandes cadenas comercializadoras.

Es un hombre ejemplar, trabajador incansable y que se distingue por su calidad humana y honestidad. En cada tarea que cumple pone de manifiesto un ingenio y creatividad que sorprende.

Su meritoria trayectoria ha sido reconocida por la Municipalidad de Zapotillo, y la sociedad zapotillana valora en alto grado el aporte que brinda al desarrollo de ese rincón de la patria.

Al despedirnos, Roberto y Dunia nos dijeron que no podemos dejar de saborear el famoso “chivo al hueco” porque es como no haber estado en Zapotillo. Nos recomendaron un restaurante que a su juicio es el mejor. En efecto es un delicioso plato típico que bien merece repetición.

Frente al restaurante está el monumento en homenaje a Felicísimo Samaniego Mora y otros héroes que ofrendaron su vida en la guerra del cuarenta y uno, de funesta recordación porque Zapotillo fue invadido, saqueado e incendiado, como afirma Eduardo Moncayo.

Héctor Felicísimo Samaniego Mora fue un joven oriundo de Sozoranga, hijo de Amadeo Samaniego y Fidelina Mora de Samaniego que voluntariamente se integró al contingente militar ecuatoriano para defender con profunda convicción patriótica la heredad territorial; lo hizo consciente del potencial bélico del Perú que contaba con mil doscientos hombres; es decir, treinta soldados peruanos por cada soldado ecuatoriano.   

Desde entonces Zapotillo ha tenido que enfrentar otro tipo de problemas: los fenómenos naturales y la impávida desatención gubernamental. En 1965 soportó un invierno arrasador; en 1968 una sequía que asoló los campos; en 1970 un terremoto que partió la tierra; y, en 1983 la fuerte incidencia del fenómeno del niño que provocó lluvias durante ocho meses.

A pesar de todo los zapotillanos han avanzado con hidalguía, dignidad, coraje y valentía, y con sus propias fuerzas han construido un futuro que evidentemente se avizora promisorio, siguiendo el ejemplo luminoso e inspirador del meritísimo sacerdote Franco José Aguirre Córdova que soñó con la grandeza de su “Zapotillo hermoso”.

Eduardo Moncayo Córdova escribió con profundo amor a su tierra: “Tanto ha sufrido Zapotillo, que al narrar su historia ya no me preocupa buscar culpables, sino enaltecer a todo este pueblo que logró su supervivencia”.