Por Ruy Fernando Hidalgo Montaño
Esa es la pregunta que nos hacemos los ecuatorianos a estas alturas de un año súper complicado, como este 2024, que estamos a un mes y algo más de culminar y que está dejando ondas secuelas en la patria. Por una falta de prevención en el mantenimiento del parque termoeléctrico del país, en un periodo de siete años en el que los tres gobiernos de turno dejaron estropear las 21 plantas a combustible que posee el Ecuador y no lo digo yo, lo dicen expertos en el tema energético, pero los últimos tres mandatarios en su orden no hicieron caso a las advertencias que alertaban de la proximidad de un periodo de estiaje y pasamos de exportar energía a Colombia y Perú en 2017 cosa que tampoco la digo yo, que ustedes pueden indagarla, este hecho nos ubicó como un país con alta seguridad energética en la región.
En 2016 se estructuró un plan de desarrollo energético hasta el 2030, que daba continuidad a un plan similar iniciado por el desaparecido Inecel, Pero como casi siempre ocurre por estos lares, surgió el revanchismo político y en algunos casos el odio personal, lo que causo que se detuviera la inversión en este plan con las consecuencias que ahora mismo soportamos y que ha generado millones y millones de pérdidas, según informaciones ha provocado más de 7.600 despidos laborales a la fecha, incluyendo el de la exministra de energía, Andrea Arrobo, quien fue acusada de sabotaje solo por advertir de la terrible situación que se venía muy a prisa, y que luego devino en una horrible realidad de apagones, que se acerca ya mismo a los tres meses.
Pero aparte de la aguda crisis de energía que nos agobia, está la inseguridad que nos acecha por doquier, junto a la gravísima crisis moral que se desprende de las altas esferas de poder y que contamina a todo el estado con sus respectivos poderes que hace rato ya no son independientes como ha quedado evidenciado en varios hechos bochornosos que se han descubierto uno tras otro y que nos dan la pauta, del esta de descomposición en el que nos encontramos como sociedad en todos los estratos. Presidentes que luego de sentarse en el sillón de Carondelet, como por arte de magia, empiezan a echarle la culpa de todo a su antecesor, como si antes de asumir el poder no hubiesen sabido la realidad que les esperaba.
Pero siempre se puede estar peor, si nos seguimos quedando callados ante la injusticia que vemos cada día alrededor nuestro, mientras veamos impávidos como se vulneran los derechos propios y ajenos, podemos estar peor mientras sigamos eligiendo desde la simpatía y desde las entrañas, y no desde la objetividad. Se puede estar peor si nos roban la esperanza de que todo esto puede y debe cambiar y convertirnos en partícipes de ese cambio, anteponiendo la honestidad en todos nuestros actos diarios. En conclusión, siempre se puede estar peor, pero por ventaja aún tenemos fe y eso ya es una gran noticia.
