El cerebro lector como órgano socio-cultural desde la contemplación y la filosofía del lenguaje

Galo Guerrero-Jiménez

El cerebro humano, siendo un órgano personal, es, esencialmente, un órgano social; esto significa que se desarrolla y se fortalece en contacto con la colectividad; de ahí que, “por más exposición a pantallas que estemos experimentando, la compañía y el cuidado amoroso del prójimo seguirán siendo un deseo y una necesidad, por ende, aquellos con la capacidad de brindarlos serán personas sumamente valiosas” (Manes y Niro, 2021), que aporten a esa colectividad a la cual se deben, desde lo más granado y excelso de su cognición cerebral, de sus sentimientos y, por ende, de su formación personal axiológicamente asumida en ese contacto permanente con el prójimo a través de acciones pragmáticas, es decir, metalingüísticas y desde una filosofía estético-ética del lenguaje que hace factible su accionar en un contexto social, y desde una adecuada comunicación y comunión de palabras y acciones en cuyos significados cognitivos, el cerebro aparece fortalecido axiológicamente para actuar, puesto que, en esos contextos sociales, debidamente creados, “nuestro cerebro aprende fundamentalmente cuando algo nos motiva, nos inspira y nos parece un ejemplo. Esto nunca lo hará la tecnología por más avanzada que sea” (Manes y Niro) y expuesta en una pantalla.

Sin embargo, la tecnología de la imprenta es quizá la que más nos brinda ese acercamiento vital  a la colectividad, que emerge desde un texto escrito, el  cual nos brinda una posibilidad de pensamiento inventivo, creativo, científico y/o profundamente humanístico, puesto que en él siempre habrá, para toda temática, según sea el estudioso, investigador o escritor que lo haya creado, un pensamiento de orden superior y razonamiento sensato, dado que ese cerebro individual, se reviste de una responsabilidad personal, social, hermenéutica, cívica y estética para que, desde ese lenguaje cognitivo y procesado metalingüísticamente, pueda crearse una comunicación interactiva con el lector, dada la alta productividad intelectual que ese texto contiene, por más ficción que tenga, si se trata de un texto literario o filosófico, el cual siempre es creado por su autor a través de un uso efectivo de herramientas cognitivas y lingüísticas extraídas del mundo real y utilizando, por supuesto, las habilidades intelectuales y emotivas que tiene desde su alfabetización multicultural y de conciencia global que posee para crear productos relevantes y de alta calidad (Reimers y Chung, 2016) axiológica, literaria, científica y humanística, según sea la especialidad del autor del texto.

Desde luego, esos contenidos textuales, es decir, esa información escrita, solo tiene validez en el cerebro del lector cuando, por un lado, como señala Byung-Chul Han, haya una actitud contemplativa para adentrarse en el texto elegido desde su propia lógica, su lenguaje, su propia temporalidad, su propia arquitectura, incluso su propia magia e intensidad personal y del esplendor de su capacidad independiente (2024) para adentrarse en ese mundo textual; y, de otra parte, desde un espíritu filosófico, como indica Cassirer, porque: “La filosofía indaga, ahora, la pluralidad, la plenitud y la variedad interior de lo ‘fenoménico’. Esta plenitud solo es asequible al espíritu humano a condición de que este posea la capacidad necesaria para diferenciarse en sí mismo. El espíritu crea, así, una nueva forma de captación para cada nuevo problema con que se enfrenta” (2021) el lector que, cognitivamente interesado, se adentra eufórico en esa porción de lenguaje escrito; y, finalmente, desde ese lenguaje tan personal en el que nos hablamos a sí mismos; es decir, desde “esa experiencia de cada individuo, si la sensibilidad y la inteligencia está preparada, cultivada, se nutre de la riqueza que el lenguaje del [texto] encierra, de la densidad de esa prosa que también nos mira, que nos descubre y que, en definitiva, nos lee” (Lledó, 2022) en nuestra más relajada y pensada condición humana en la que se asienta nuestra memoria para entender el mundo de las letras y de la vida real.