Rafael Riofrío
Muchas veces acompañé a mis abuelos en su trajinar de comerciantes de las ferias de pueblo. Allí, a muy temprana edad me hice caminante de las polvorientas carreteras de mi querida provincia de Loja. Mi abuela materna solía decir: “lo que tus ojos vean nadie te lo quitará”. En esos recorridos desperté mi compromiso social, cultural y político, que más tarde conjugué con mi tarea pedagógica y gremial.
Así aprendí a conocer a su gente y sus anhelos, a valorar sus esperanzas y luchas, pero también a sentir dolor por el abandono del Estado, a sentir rabia y energía para acompañar sus justas exigencias. Como decía un amigo español: “caminante no hay camino, se hace camino al andar; al andar se hace el camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”.
Eran los años setentas, aún adolescente viví las atrocidades de las dictaduras promovidas primero por Velasco Ibarra, seguido de “Bombita” Rodríguez; y luego del Triunvirato de Poveda Burbano, Durán Arcentales y Leoro Franco, fue una época de persecución y violencia política contra la dirigencia de las organizaciones sociales, sindicales y de izquierda, entre ellas, la Juventud Comunista del Ecuador (JCE). Esa violencia me llevó junto a otros jóvenes a impulsar un proyecto de retorno a la democracia, que finalmente se logró en 1979 con la posesión del presidente Jaime Roldós Aguilera.
Durante la dirigencia estudiantil, sindical, política; y más tarde desde la dirigencia magisterial, comprendí que los procesos de transformación social, solo son posibles con la unidad con la gente de base, con los docentes, con los trabajadores, con los campesinos, con las comunidades, caso contrario, la burguesía termina convirtiendo las esperanzas de cambio en cenizas de volcán que agrandan la brecha de la pobreza.
Aprendí que la educación no solo es con libros en las aulas, esta es nada sino se lucha también en las calles. Junto a otros maestros y maestras unionistas llegamos hasta las escuelas y colegios más lejanos de la provincia, para motivar a los compañeros a que expresen sus inquietudes y defiendan sus derechos. Esos recuerdos llevo en mí mente y corazón, están llenos de sentimientos encontrados, entre alegría, dolor e indignación al ver que esos planteles y pueblos siguen aún olvidados por la indolencia del Estado.
