Nuestra liberación

P. Milko René Torres Ordóñez

Los cristianos comenzamos un nuevo tiempo litúrgico después de la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Como todo lo bueno que se avecina, el Adviento nos trae buenas noticias. Nos prepara para la venida del Salvador del mundo. Del mismo modo, nos invita a asumir retos y desafíos. Adviento, un concepto que abarca un mundo de expectativas, nos llama a preparar nuestro corazón y nuestra mente para buscar los caminos que nos permitan vivir la conversión.

La hoja de ruta, trazada en el mejor tiempo, tiene compromisos y exigencias. El Adviento trae para todos la alegría de un nacimiento feliz. El Hijo de Dios va a poner su mirada en los pobres y sencillos. Quiere que el espíritu de las bienaventuranzas impregne en cada corazon el deseo de recibir la paz, tan pura como el agua cristalina que vive en un manantial. El profeta Jeremías nos recuerda que el Señor trae esperanza y unidad porque se acerca nuestra liberación. Dice: “Ya llegan días —oráculo del Señor— en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y la casa de Juda”. Jeremias vibra con el nuevo nombre que ha de llevar el descendiente de David: “Señor, justicia nuestra”. Isaías 7,14 llamarå  al descendente de Acaz, “Dios con nosotros”. Jeremías exhorta a su pueblo a esperar al Dios que va a encarnarse, a hacer justicia. Yahveh viene a levantar al oprimido.

A devolver la dignidad al que la ha perdido. Dios, creador de todo, ama a sus hijos con un amor infinito. En la palabra del profeta encontramos una razón para comprender que la redención del mundo tiene que vivirse con la presencia de su Hijo entre nosotros. San Pablo, en los comienzos de la predicación apostólica, anima a la comunidad de los Tesalonicenses a vivir con el amor auténtico, de modo que se presenten ante Dios, limpios de toda culpa, ante nuestro Señor Jesús que viene para compartir las alegrías y sufrimientos. San Lucas, en un relato marcado por un fuerte acento apocalíptico, nos detalla la predicación de Jesús con signos extraordinarios ante los cuales debemos tener cautela.

Hay que preparar el tiempo que trae novedades con dos actitudes: la vigilancia y la oración. La vigilancia exige mantener los ojos, del alma y de la vida, muy abiertos. La oración, clave de las mayores decisiones, espirituales y humanas, debe fluir como las aguas de un río que alimentan los grandes mares. El buen cristiano debe fortalecer su esperanza. No debe dejarse arrastrar por la atracción del temor que puede conducirlo a un abismo, o a un viaje sin retorno. Jesús, el Salvador, viene como la luz que nos hace falta. El camino seguro que nos impide caer en las garras de la desazón tiene señales claras: la fe en Jesús, el Evangelio, la escucha a su palabra, la permanente vigilancia con las lámparas encendidas.

En la liturgia de este primer domingo de Adviento tenemos que invocar sabiduría para vivir con alegría la libertad de los hijos de Dios. La Iglesia nos ofrece la oportunidad de entrar al banquete celestial, a disfrutar de la plenitud de la gracia. Caminemos, alabemos al Señor, que viene humilde y glorioso.