DIOS VIENE A SALVARNOS

P. Milko René Torres Ordóñez

Los profetas cumplen una misión importante en la Historia de la Salvación porque anuncian buenas noticias y denuncian malos comportamientos. En el mundo del Antiguo Testamento el profeta es “la voz de Dios”. Baruc, cercano a Jeremías, pregona tiempos nuevos. Jerusalén, la ciudad de la paz, recibe un oráculo de júbilo: “Despójate de tus vestidos de luto y aflicción, y vístete para siempre con el esplendor de la gloria que Dios te da”. Dios devolverá la dignidad a los afligidos y mostrará su grandeza a los pobres de Yahveh.

Nos encontramos inmersos en el anuncio de la venida de Alguien vendrá entre la alegría y la luz de su gloria. Los profetas preparan el camino del Señor. El salmista alaba a Dios. Recuerda que el Señor ha hecho grandes maravillas en favor de su pueblo: “Al ir, iban llorando, cargando la semilla. Al volver, vendrán cantando con sus gavillas”- El pueblo que camina en tinieblas verá una luz esplendorosa. Juan, el hijo de Zacarías, trae la Palabra de Dios en el desierto. San Lucas destaca el comienzo de la misión de este profeta con una intención particular.

La ubica en la historia del mundo pagano y en la del pueblo de Israel. Resulta significativo el hecho de desarrollar una Teología de la Historia. Vivir los signos de los tiempos a la luz de la fe. La salvación que viene de Dios abarca una realidad espacio-temporal. La geografía y la historia no están exentas de la intervención divina. El imperio romano domina el mundo. Gobiernan Cesar Tiberio, Herodes, Filipo. Los sumos sacerdotes, Anás y Caifás, representan al judaísmo. Podemos hablar de un entresijo de ambiciones e intereses políticos y religiosos. En esta compleja telaraña de realidades Juan el Bautista predica la necesidad de la conversión para que Jesús cumpla la voluntad del Padre.

El profeta itinerante, Juan, el último en la larga lista de los grandes predicadores de Israel, aparece como un nuevo Elías esperado. Terminará encarcelado, decapitado y puesto en una bandeja de plata como signo de escarmiento. Sobre todo, como el testigo de la Verdad. De la justicia. De la lucha contra el contubernio libidinoso de Herodías y Salomé. La cobardía de Herodes. El pánico a la ética frente al adulterio de los poderes de turno. La suprema degradación humana.

El Bautista viene a preparar un camino de salvación. La palabra profética tiene un alcance universal. Juan, al tiempo de anunciar la llegada de un tiempo nuevo, un adviento mesiánico, nos exige dar frutos que certifiquen la autenticidad de la conversión. Un cambio de vida que debe reinventar la riqueza de la fraternidad y de la justicia: “Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada…”.

Frente a la fuerte predicación del profeta, que habla y vive en el desierto, conviene plantearnos algunas preguntas. ¿Cómo recibimos el Adviento en las circunstancias sociopolíticas y religiosas? ¿Nos afecta, en un sentido espiritual y humano, la palabra viva del Profeta? Nuestro encuentro con Jesús, el Enmanuel, no puede ser el mismo de siempre. El mundo que nos absorbe con sus tentáculos para asfixiarnos en un pantano inmundo, pecaminoso, cambiará su modelo de vida si se convierte de corazón.