Tania Salinas Ramos
Algoritmo para cambiar el flujo de los ríos es una antología poética que recoge la obra de Juan José Rodinás escrita en el periodo 2020-2000. La obra está dividida en tres grandes momentos: “Una casa ambulante”, “La zona industrial” y “Los riachuelos de la montaña”. En las siguientes líneas procuro hacer un acercamiento descriptivo al apartado “La zona industrial”.
En los versos que forman parte de este apartado la voz poética nos bosqueja la condición humana atravesada por un panorama a veces ensombrecido e incomprensible. De esta manera el autor pone en evidencia temas como la desconexión del hombre en un mundo contemporáneo, constantemente se está describiendo cómo la modernidad representa un vacío existencial porque ha generado una sensibilidad en contradicción con el mundo habitable. La voz poética experimenta una sensación de desconexión, lo que se ve expresado cuando se escribe:
“la estación de metro 8k (8 kilómetros me separan ahora
de la estación del mundo)” (p. 221).
Las condiciones de vida que una época moderna provee a la humanidad a la vez que satisface necesidades indispensables también imprime velocidad. Las vidas se mueven en ritmos y direcciones diferentes, lo que da lugar a un choque entre el momento actual y un tiempo pasado en el que la experiencia quizá era más colectiva. En concordancia con esta idea se agrega:
“… y pensar que lloran las piedras
con las que uno podría formular un Mantra frente a una lavadora
que, desde luego, también seca” (p. 223)
Los artefactos cotidianos también simbolizan esa distancia entre una realidad de piedra, que rápidamente nos lleva a la idea de lo rústico, de lo menos urbanizado, de aquello que quizá edifica la sensación de cercanía o de hogar; frente a la experiencia del automático, de aquello que da lugar a la parte menos humana del mundo, es por este sentir que se expresa:
“quizás hay lugares del presente que visitar: quizás
todo el presente sea el carnaval organizado por algunas bacterias
en cierto momento del día, en ciertos cuerpos que precisan
un leve ajuste para caer.” (p. 224)
El presente resulta como el escenario de los objetos, de los electrodomésticos, de lo nuevo que pronto será viejo, de lo que en un mundo de inmediatez resultará desechable. Lo más caótico para la voz poética es que la vida de las cosas es como la vida de la humanidad. En un punto determinado el sujeto emerge como un objeto más del engranaje del mundo moderno. Al leer el título “Decir amor es no haber leído las instrucciones” se anticipa en el lector la imagen de una realidad donde las emociones que caracterizan a lo humano se difuminan y funcionan como un acoplamiento o articulación de partes, tal como un objeto. Un objeto que de acuerdo con los versos es susceptible a las condiciones de la realidad, con respecto a ello se señala que “los objetos libran una batalla donde ya han perdido” (p. 227). Estos versos conectan con la sensación de que lo humano se desvanece y “la realidad es más persona que quien piensa en ella” (p. 221). De esta manera se cuestiona la naturaleza misma de las cosas sugiriendo que las experiencias humanas son eclipsadas por las construcciones tecnológicas y la desconexión se convierte en una consecuencia inevitable de ese orden.
En este sentido, considero que en el poema que abre el apartado “Zona industrial” se revela con mayor precisión lo antes mencionado:
“las máquinas de realidad virtual dibujan un río futuro donde el agua se mezcla con las fotografías del agua, con las máquinas para producir fotografías del agua. Y Bebo todo el río. Y soy un río muerto. Un río virtual muerto y mi sangre es todo el río virtual que mueve mis extremidades” (p. 213)
La voz que forma parte de este poema es el resultado de lo creado por un objeto, la evocación de pérdida atraviesa las líneas de este escrito al punto que la voz poética se reconoce como un holograma. En los versos de Rodinás se pueden leer las imágenes de objetos encerrados en un mundo de objetos personalizados y con una identidad en peligro, que se diluye en un escenario donde la materialidad del mundo debilita lo humano.
Leer a Rodinás nos lleva a encontrarnos con múltiples sensaciones que son vividas como un collage. Del dolor se pasa la ironía, al lamento y a la sonrisa. Leer a este autor es un espacio para beberse las sensaciones que se tejen en el libro como si fueran nuestras.
