Campos Ortega Romero
El sonido más ensordecedor es aquel que nace del silencio, de ese silencio que solo permite que el latido de su corazón sea el que habite en sus oídos. Como aquel hombre que vaga en los sombríos pasillos de una casa habitada por la nada y el vacío, sin luz, sin ecos, solo el resplandor de algún destello fantasmal creado por una centella que ha logrado colarse.
La soledad, frecuentemente percibida como un vacío amenazante, representa en realidad una oportunidad crucial para el autodescubrimiento y el desarrollo personal. Esta perspectiva, explorada por la filosofía existencialista y corroborada por estudios psicológicos y ejemplos históricos y artísticos, contextualiza la soledad como un espacio propicio para la construcción de una auténtica identidad, señala Santiago Palacio estudioso del tema de la soledad.
La mente humana se ha convertido en uno de los laberintos más solitarios y lúgubres en el cual puede transitar un individuo, siendo un espacio abrumado por un ruidoso silencio, una tempestad de pensamientos, y donde, su protagonista muchas veces se encuentra entre la bruma de las opiniones de terceros, quedando nomás ese instinto de agitar sus manos en búsqueda de aquella compañía que le guie a la salida anhelada, pero que, por azares de lo inexplorado aún no toca el pica puerta de nuestro Ser taciturno, pues, alojarse en un laberinto no es una cuestión de fuerza ni resistencia, sino de voluntad.
Friedrich Nietzsche en su libro “Así hablo Zaratustra” señalaba que “he encontrado más peligro entre los hombres que entre los animales peligrosos, son los caminos que recorre Zaratustra. ¡Que mis animales me guíen!”, dejando claro que el peor consejero -muchas veces- para el hombre ha sido él hombre mismo, es decir, que el ruido de quienes vociferan conjugaciones verbales estériles, con la sola finalidad de sentirse jueces entre los condenados, conlleva a un cometido siniestro, como es el asesinar las ideas, sin pudor alguno, como inquisidores del pensamiento, vestidos de puritanas intenciones y mazos carmesí, siendo en verdad, un tumulto de incapaces que no logran pensar por sí mismos.
Pero, ¿Por qué esto? Una interrogante incómoda para oídos rutinarios, debido que, el ser humano dentro de su fatigosa vida, llena de condiciones, creencias y dogmas, se encuentra enjaulado, con una posibilidad indivisible de escapatoria para los que aun temen al retiro, quedando reducido solo al poder de la voluntad, una voluntad que vaya deshaciendo los hilos invisibles de una moral social ajustada a los beneficios del carcelero, e ir, irremediablemente a los brazos de la incomprendida soledad; pues el mismo Nietzsche nos dice que “la valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad que le es posible soportar”.
Si es cierto que la psicología moderna demuestra que es sumamente importante tener un círculo social placentero para alcanzar el bienestar, también es necesario que nos cuestionemos en qué aspectos no es favorable la soledad, Albert Camus dijo en una de sus frecuentes epifanías de soledad que “en lo más profundo del invierno sentí que había en mí un verano invencible”, entonces, ese sería el secreto para un novelista, filósofo y dramaturgo aparentemente destinado a buscar consuelo de su vacío interno, y que, con la escritura lograse describir el optimismo de lo que se creía inexistente.
La soledad, lejos de ser un castigo o una amenaza, es un espacio de creación y crecimiento personal. Aquellos que se atreven a confrontar su propio interior, a gestionar el miedo y a desarrollar estrategias de autogestión emocional, pueden transformar la soledad en un crisol donde se forja la autenticidad, la independencia y la verdadera libertad. Es en esta confrontación con uno mismo donde reside el potencial para un profundo autodescubrimiento y el desarrollo de una identidad auténtica. Friedrich Nietzsche se manifestó con contundencia al decir “mi soledad no está determinada por la presencia o la ausencia de gente, todo lo contrario, odio aquellos que fagocitan mi soledad si lo hacen que se aseguren por lo menos que su compañía merezca la pena”.
Luego de esto, podemos percibir que estar solos no es lo mismo que sentirse solo, uno puede sentirse solo incluso al estar rodeado de personas, el enunciado “mi soledad no está determinada por la presencia o la ausencia de gente” lo describe a la perfección, uno no tiene por qué sentir soledad estando solo ni sentir compañía al estar acompañado, la soledad se manifiesta cuando la calidad de nuestras relaciones sociales no es lo suficientemente reconfortante, de esta manera rechazar el acompañamiento nos conducirá a otro tipo de conexión totalmente distinta, sería un vínculo sosegado, místico, y placentero que se basa en la meditación, en la abstracción, el cataclismo metafísico. “La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”. Así sea.
