La joven política: entre sueños y chequeras

David Santiago Maldonado Peralta

En un mundo donde la política debería ser el arte de servir al pueblo, la realidad parece haberse transformado en un teatro de chequeras, poses y discursos reciclados. Mientras la vieja guardia se pavonea con su «experiencia» (experiencia en el arte de repartir favores y evadir escrutinios), la «nueva política joven» emerge con promesas de cambio… aunque también con tics heredados que nos hacen dudar si es renovación o simple maquillaje.

Algunos, más que gestores del cambio, parecen influencers en campaña perpetua. Su preocupación no es la calidad de vida de sus representados, sino la calidad de su próximo TikTok. No falta quien grabe videos abrazando ancianos o prometiendo milagros en barrios olvidados, o entregando fundas de caramelo a los niños con el nombre de su partido, solo para evaporarse en cuanto las cámaras se apagan. Es un teatro de apariencias digno de un premio, aunque no de confianza.

Hablando de confianza, la vieja política nos recuerda que todo tiene precio. Con su discurso gastado sobre la «sabiduría» de los años, disfrazan la corrupción como «pragmatismo necesario». Sus grandes chequeras no solo financian compañías fantasmas, también becan a estos jóvenes que prometen renovación, pero terminan como copias digitales de sus mentores.

“Así funciona el sistema” o “Esto es política real”, les susurran los veteranos mientras los entrenan. Y así, con una velocidad que asombra, los novatos adoptan las técnicas del engaño: firmar contratos dudosos, inflar presupuestos y repartir migajas con sonrisas fotogénicas. Lo nuevo se vuelve viejo en un abrir y cerrar de urnas.

Entre los trucos más sofisticados de esta joven política destaca la fabricación de cercanía. Suben selfies en mercados, lloran junto a comunidades marginadas y regalan frases emotivas. Pero una vez en el poder, esa cercanía se convierte en fría lejanía. Las decisiones políticas, tomadas desde oficinas climatizadas, rara vez benefician a quienes sirvieron como decorado en sus fotos. Mientras tanto, ellos celebran con videos bailando, como si la política fuera una coreografía y no un acto de servicio.

Por otro lado, la vieja guardia prefiere la brutal honestidad: “La corrupción es un mal necesario”, dicen sin inmutarse. Si bien su cinismo es ofensivo, resulta menos insultante que la hipocresía juvenil, donde el envoltorio bonito hace más doloroso el engaño.

A pesar de este panorama, hay jóvenes que desafían la norma y luchan por un cambio verdadero porque se trata de todos. Estos valientes, aunque menos visibles en un mundo dominado por la pirotecnia mediática, demuestran que la política puede ser distinta. Son una chispa de lucero que lucía en medio de un paisaje turbio, como la flor de loto que florece en medio de un pantano putrefacto y maloliente.

Sin embargo, los ciudadanos tenemos una tarea pendiente: aprender a distinguir entre el humo y el fuego real. No basta con dejarse seducir por discursos inspiradores o «likes» en redes sociales. Necesitamos resultados tangibles, exigir cuentas claras y mantenernos vigilantes.

La lucha entre la joven política y las grandes chequeras de la vieja guardia está lejos de resolverse. Mientras algunos jóvenes sucumben a las trampas del poder, otros demuestran que es posible gobernar con honestidad y compromiso. Como ciudadanos, debemos apoyar a quienes buscan el bien común y desenmascarar a los oportunistas.

El futuro de la democracia no depende de las edades ni de las promesas, sino de nuestra capacidad para valorar la integridad sobre las apariencias. Solo así podremos construir una política que no se base en chequeras ocultas ni selfies oportunistas, sino en el verdadero servicio a la gente. Que así sea, y que nunca más confundamos un peinado perfecto con un liderazgo verdadero.