Por: Sandra Beatriz Ludeña
Asistimos a otro fin de año, pues, fenece el 2024. En realidad, como pocas veces, el año se apaga indiferente, entre luces de los juegos pirotécnicos y quemas de monigotes, mas no así, mis desilusiones, ahora que los amigos tienen postura inmóvil en este ajedrez de la vida, creo sentirme feliz por estrenar el desapego.
Mas, no me sucede los mismo con los enemigos, a los cuales me une un profundo sentimiento, innegable, renovador, efervescente, iracundo y poderoso, que se los dedico con sobrada razón, pues me han sido leales en su odio acumulado, y a la primera oportunidad, sin retardo saltaron al baile de disfraces, hasta me pidieron como pareja bailarina y, nunca han faltado por mi calle y por mi plaza, portando la careta más amable.
No niego que este romance entre mi “yo” y sus enemigos, en este fin de año ha resultado elocuente, por ello, antes de preparar el monigote que quemaré en nombre de aquellos, le he pedido al “Viejito”, que los mantenga ciegos y hasta mudos, mientras tanto, yo descubra todas sus trampas y, aunque el año muere, mi corazón en su fiesta de disfraces, conserve el misterio detrás de cada máscara.
Pero este fin de año, no niego que he recuperado el habla, aunque la sordera me tiene cada vez más petaca, y la vista sí que se me ha afinado, pues, ahora veo lo que antes era invisible ante mi ingenuidad sin fin y esto me parece que es un legado del viejo año para el nuevo año.
Entonces, hay un desfile de espectros que por mi puerta danzan, por mi ventana que es cerrada, luego, sin más ni más, desde las calles vacías, sin pausa, pero sin prisa, en las mismas rutas, pero ahora sin vereda, se visten de mercadillos para vender lo invendible e intentan atrapar la esperanza.
En realidad, yo me había imaginado este fin de año, rodeada de los seres queridos, los más cercanos, pero que a veces o, mejor dicho, muchas veces fungen quizá como los más lejanos. Pero, me había imaginado este fin de año, conservando las cajas vacías con cubierta de papel de regalo.
Y me imaginaba la ciudad como la casa: tranquila, adornada con paisajes inigualables, con el verde de las hojas de los sauces y con las flores y los cánticos de las aves, pero todo fue diferente, ardíamos en vida y la vida ardía furiosa sin tregua, ni pausa por el Cordón Andino y al cierre del telón, pasaron caballos muertos y niños muertos, pidiendo los dulces retrasados del consuelo.
Y así, este fin de año que se preveía alegre, chispeante, jocoso, electrizante, prometedor y hasta halagador, no es más que preocupaciones honestas, que entre el “Día de Inocentes” e incluso más allá de Nochevieja, anuncian futuro sin apagones, pero con fuego desbocado y con verdadero voltaje, subiéndole el voltaje a una vida que no cree más en amigos como enemigos, ni en amores como desamores, que rehúsa las palabras de la gente mala-gente repartida en pequeñas habitaciones oscuras, con focos quemados y habitantes de las calles de esta alegoría de fin de año y, del mundo.
