EL VERBO HECHO CARNE

P. Milko René Torres Ordóñez

Comenzamos un nuevo año con la alegría con la que celebramos el nacimiento del Hijo de Dios, nuestro Salvador. La sabiduría, uno de los temas más relevantes de la liturgia, viene de Dios. El autor del libro del Eclesiastico personifica este atributo divino: “En el principio, antes de los siglos, me formó y existiré para siempre”. Dios comparte su tiempo para venir y quedarse en medio de nosotros.

San Juan, en el Nuevo Testamento, acentúa la importancia de su presencia entre nosotros: “Todas las cosas vinieron a la existencia por Él y sin Él  nada empezó de todo cuanto existe”. Pablo, en su carta a la comunidad de Éfeso, los anima a llevar una vida santa e irreprochable ante Dios por el amor. Pide a Dios que los bendiga con toda clase de bienes espirituales.

En el Evangelio según Juan predomina la fuerza de la Palabra que viene a este mundo. Sin Dios nada es posible de cuanto existe. Él es la vida, y ella es la luz de los hombres. El Prólogo del Evangelio según san Juan, una obertura solemne, desarrolla una objetivo claro con una mirada hacia lo trascendente. La intención que quiere demostrar es su fe en el Mesías, el Hijo de Dios, y que “creyendo tengamos vida en su nombre”. La Palabra, el Verbo Encarnado, es el Dios con nosotros, el Emanuel que viene a quedarse en el mundo. Que comparte nuestra condición humana, menos en el pecado. La acogida de la Palabra en la fe exige una adhesión y un compromiso para participar en la vida trinitaria. De esta manera comienza una profunda relación entre el hombre y Dios que equivale a atesorar la filiación divina. Ella es posible gracias a un nuevo nacimiento.

Nos remitimos al diálogo entre Jesús y Nicodemo. El cristiano, con una identidad bien definida, supera al simple ser humano, porque Cristo es superior a todo. San Juan insiste en la actitud negativa del mundo que no lo recibió: “En el mundo estaba; el mundo había sido hecho por Él y, sin embargo, el mundo no lo conoció”. En la cristología de Juan prevalecen la fe y el testimonio. Estos conceptos, que son determinantes en el Evangelio, abren el camino para que quien quiera vivir con la luz se salve. En los albores de nuestra alegría navideña la gloria que canta el mundo entero nos llena de gracia y de verdad.

Tenemos que continuar reflexionando en torno al misterio del nacimiento de Jesús para no estancarnos en la tibieza de la realidad que circunda todo paso que queremos dar. Jesús, el Verbo, camina junto a nosotros. Y lo hace marcando un modo y un desafío. El modo, tan sencillo como el resplandor de un nuevo día, pide desprendimiento y servicio. Jesús, vino a servir y a entregar todo su ser para que vivamos en constante apertura hacia el prójimo. El desafío, tan complejo como el fragor de un relámpago, requiere fortaleza y sabiduría. Sin ellas, cualquier intento puede sucumbir ante la prepotencia del mal. La luz de Cristo vence cualquier obstáculo en el buen propósito del cristiano que navega a oscuras. El Verbo, alimenta nuestros buenos retos.