Por: Sandra Beatriz Ludeña
Es año nuevo, tan nuevo que dejo ir los colores desgastados del ayer, pues fueron solo el pigmento de fusiones que nunca brillaron tan nuevos como hoy. El tiempo renace y ha venido con el frío de enero, así, hay gotas de lluvia que no van solo como transparencias, sino enanas, ensanchadas, potentes, vivificantes y henchidas del invierno, lo cual, también es promesa nueva, tan esperada que dormíamos con ojos abiertos, tan buscada que bailábamos con los árboles secos, tan anhelada que alabábamos con clamores, tan amada que el alma se vestía de flor, pájaro, mariposa; tan aclamada que se la veía en un globo azul, pendiente del hilo de la inocencia. Sí, pues se trata de una verdadera promesa renovada.
Es tiempo nuevo, —pienso en que es verdaderamente nuevo—, por eso, dejo de tomar el tren a la tristeza. Han pasado décadas compuestas de sus segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años; como nunca, me percato que los objetivos del nuevo año nunca cumplieron su promesa, porque no fueron nuevos, se incorporaban como simples enunciados, nunca antes latieron hasta el punto de ser inspiración nueva: tan nueva que corra por las venas, tan inspiradora que se dibuje en las retinas, tan motivadora que hipnotice al cerebro (que electrice los nervios), tan potente que mueva los huesos, tan ardiente que se sienta su calor en días de invierno, y así sea luz para la luz del universo.
Son horas de un ciclo nuevo y la noche pide incluyan su imagen en la hermosura del paisaje, pero ¿quién puede distinguir la belleza entre oscuridad y penumbras? Solo quienes ven con ojos nuevos, pues la noche es tan mágica que nos transporta al despertar, es tan enigmática que las estrellas cuentan historias nuevas, es tan poderosa que de sus entrañas nace luz, es tan sabia que en su tiempo somos nuevos, es tan bella que de ella revienta la flor novísima de la belleza.
Por todo esto, hay que ver que cada año terminado a las doce de la noche del último día de diciembre, aún oscuro, empezamos el primer minuto del nuevo año y se acostumbra reventar juegos pirotécnicos, que iluminen el cielo como metáfora de la celebración en esencia, mas, no comprendemos la verdadera potencia de la nueva oportunidad, del sentido de renovar. Pues, el año nuevo, es tan nuevo que nos incita a aprender, tan renovador que resarce errores, tan adiestrador que enseña con sentimiento, tan poderoso por su intensidad, en la cual aprendemos a ganar y a vivir creando éxito. Porque la vida, en esencia es vida nueva.
Son días del año nuevo, se abre el espacio-tiempo del poder, donde se entreteje el verdadero sentido nuevo. Apenas oigo el zumbido de la respiración y hay un lenguaje inaudible entre quienes gestan el verdadero éxito. Solo en esos bolsillos han cabido siempre las consecuencias del vivir como hombres nuevos.
