Para los amigos de siempre, del Barrio El Pucará, de las escuelas José A. Eguiguren, Miguel Riofrío, colegio Bernardo Valdivieso.
Luis Granda Ledesma
Nuestra vida, el “antes” siempre fue mejor, la música, la comida, el hogar, la amistad, los principios, TODO.
Recordando un fragmento del poema de Jorge Manrique, que recitaba en cuarto curso del Bernardo Valdivieso nuestro profesor de Literatura, Lcdo. Mario Mena:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
Coplas a la muerte de su padre, tan llenas de verdad, más ahora en este vertiginoso cambio de la manera de vivir. La amistad dejó de ser sincera, la competencia dejó de ser sana y leal, en muchos casos el amor fraternal se volvió codicia.
Y no son diferentes “las cosas”, somos nosotros, nos gustaba otra música, la extranjera: Sinatra, Elvis Presley, Aznavour, Adamo, Serrat, Cortez; de los nuestros: Benítez y Valencia, Doña Carlota; lojanos grandiosos: El Quillo Encalada, Gonzalo Peláez, Adriano López, Benjamín Ortega, Trosky Guerrero, Tulio Bustos, César Valladares, Papo y Elvira Guerrero; los grandes de la barriada: Fito Valarezo, Jorge Briceño, Pedro Peralta; latinoamericanos como el gran Leonardo Favio, Los Iracundos, Sandro, Los Chalchaleros, la Miche Sosa.
En nuestra juventud los bailes con Constelación Orquesta, Dimensión S 12, con la animación de Viche Castillo y a mi parecer la primera mujer que cantó en una orquesta en el Ecuador: María Elena Castillo.
Aprendimos desde pequeños a sentir en el corazón la letra de nuestro segundo himno “Alma Lojana”, canción que la llevamos dentro cuando al pasar de los años salimos a recorrer el país o el mundo.
Nuestra comida, hablando moderno “la gastronomía”, las golosinas, los bocadillos de Don Tinizaray, las cocadas del Cubanito, el maduro con queso del “Porteñito” Barrazueta, los chifles de don Telésforo, golosinas compradas en la calle y que jamás nos hicieron daño.
Los desayunos en casa, un jarro de leche con tintura y un gran pan de suelo. Doble jornada educativa en escuelas y colegios, también en lo laboral, nos permitía compartir el almuerzo en familia con papá, así PAPÁ, no papi, ni pa; sentado a la cabecera de la mesa, quien con solo una mirada imponía orden y la obligación de comer todo, lo que con amor preparaba mamá, esa dulce y santa mujer que hacía milagros para que todo alcance en la tradicional familia lojana siempre numerosa.
Lo mejor de todo era que disfrutamos en familia cada comida, compartiendo nuestras diarias vivencias porque estábamos todos y gracias a Dios no había celulares (ni papá lo hubiera permitido).
A media tarde, al salir de la escuela, había “chapo de máchica” y a veces chocolate para reforzar nuestra alimentación. A la merienda también en familia un plato de sopa, a veces sango con huevo y un gran jarro de colada de siete harinas.
A la escuela, al colegio, al trabajo, todos íbamos a pie y regresábamos puntuales a casa para compartir un almuerzo, talvez simple, humilde, pero con mucho amor.
Ya en el colegio y haciendo un ahorro de la “mesada” que nos daban para el recreo, era posible comer una guatita donde “El Manaba”, una chanfaina, una carne donde “Las Hurtado” o el sábado un estofado de pescado donde “Don Canito”.
Como no recordar nuestros entretenimientos, éramos dueños del rio Zamora, Loja —por el sur oriente— terminaba en la vieja piscina del estadio, hacia arriba el rio era nuestro, cada grupo hacía un “hondo” con las piedras del rio y el mismo pasaba, en la práctica, a ser propiedad de ese grupo, sin necesidad de poner un cuidador o de tener escrituras, compartíamos el rio con muchas damas que lavaban allí ropa. Subíamos por los márgenes del rio hacia Zamora Huayco a coger quiques, joyapas, salapas, moras, frutos silvestres y entre nuestras amistades había quienes gustaban de la pesca, la misma que hacían en las partes altas del rio Zamora, entre ellos Franco y Nelson Castillo, Gonzalo “Tushano” Espinosa, Carlos, Bolívar y Willam Ludeña.
No había tecnología, por suerte; entonces jugábamos en el parque infantil, con trompos, a la moña, “la pepicuarta”, “sinqueseterroce”, bolas y cherecos. Las mujeres, niñas y jovencitas: a la rayuela, la macateta. Los más grandes al fútbol con pelota de zuela, del parque infantil salió la mayoría de integrantes de la mejor selección de fútbol de Loja, porque no decir, de todos los tiempos, cuando el fútbol amateur era puro corazón. Para los más pequeños se iniciaba con pelota de trapo.
En el patrón Bernardo, clases de Educación Física con Adriano López, en la piscina del estadio bajo el control de Don Filomeno, o la preparación de banda de guerra, gimnasia, las pirámides humanas o las espectaculares acrobacias.
Ahora, ese fútbol, esos paseos, esos juegos, esas distracciones compartiendo con la naturaleza dejaron de existir, es lamentable porque ahora esas distracciones son en soledad con un celular, una tablet, una computadora; sin amigos, sin naturaleza, sin nada que luego evoque recuerdos. Como no decir que “nuestro tiempo pasado fue mejor”.
Esta idea tomada de alguien que escribe desde Quito, Nelson Maldonado, quien manifiesta que “todo es tan pero tan distinto que es innecesario comparar”.
Para nuestras generaciones, para las generaciones de aquel tiempo, solo es necesario o suficiente recordar, disfrutar de esos recuerdos, de los amigos de la infancia y juventud, de la vida llena de amor que nos dieron nuestros padres.
Gracias a todos los que desde la niñez hasta ahora han sido parte de mi vida, gracias a quienes junto conmigo vivieron estos momentos llenos de felicidad.


Desde Loja, el último rincón del mundo. La tierra más linda de la tierra.
Luis Granda Ledesma
