Galo Guerrero-Jiménez
Hoy que la comunidad internacional vive una crisis de la narración y de la poética filosófica por la influencia desmedida de las tecnologías de la información virtualizada, se vuelve imperativo reinsertarnos en lo que siempre fue una fiesta comunitaria: la narratividad como elemento de contar historias, de verbalizarlas, de declamarlas, de narrarlas con todos los gestos que la fiesta del cuerpo humano lo permite para, desde el diálogo más ameno, continuar albergando esperanzas, sueños, poéticas y reflexiones filosóficas que con la chispa, con el conocimiento (no con la información) y la sabiduría de quien cuenta un hecho, lo participa, lo festeja con la comunidad en la que el contertulio interviene con toda su efervescencia de ente narrativo.
En tiempos de esta modernidad informática que nos bombardea con tanta información que el internauta recibe en las pantallas, sin que pueda procesarla mentalmente, queda anulado el conocimiento y, por ende, su memoria, su cognición, la cual ya no tiene cabida para la reflexión, para un pensamiento fecundo; pues, se trata de un cerebro atrofiado para aprender a pensar con rigor, incluso con una poética y una narratividad que, en efecto, sea una fiesta de la contemplación, y no una fiesta del ruido y de la alaraca, como hoy sucede para desdicha de esta sociedad que está perdiendo su condición de humana, y está pasando a conformar la era de los posthumanos, dada la falta de sensibilidad para afrontar las circunstancias de la vida.
La esencia de la informática virtualizada, no solo que está afectando mentalmente a la población mundial y, en especial, a la niñez y juventud, puesto que está amenazada por la desintegración del tiempo y de la narratividad. Como señala el filósofo coreano Byung-Chul Han: “La digitalización agrava la atrofia del tiempo. La realidad se desintegra en informaciones, cuyo margen de actualidad es muy reducido. Las informaciones dependen del acicate de la sorpresa. De este modo fragmentan el tiempo. También se fragmenta la atención. Las informaciones no toleran que nos demoremos en ellas” (2023) por el efecto psicológico peculiar que promueven: el internauta se desespera, se angustia; la dopamina le exige seguir y seguir, pero sin digerir nada mentalmente. Lo único que vale es el momento, el “me gusta”.
En estas condiciones no hay narratividad, no hay vida humana normal y no hay tiempo para un conocimiento y una formación adecuados de lo humano, como la de acercarse a un texto para leerlo y disfrutar de él por la sabiduría y calidad de fiesta humana contemplativa sobre la vida que contiene a raudales en un lector dispuesto para adentrarse en ese mundo humano de letras. Pues, como señala Berardinelli, “la invasión de tecnologías antilibro es contundente. Las palabras que anuncian este escenario futuro parecen despedir ‘un vago aroma a deportaciones y carnicería’. Ya no existe el lector, sino un ‘colosal hormiguero invisible, que interviene, corrige, conecta y cataloga sin descanso’” (2016) hasta llegar a desaparecer las relaciones narrativas, poéticas y filosófico-espirituales entre cultura, sociedad, humanismo y ciencia.
Y, aún más, como sostiene Berardinelli: “El vigoroso gigante tecnológico que hemos inventado para ser ubicuos, omniscientes y más rápidos que la luz, ya ha comenzado a jugar con nosotros como el gato y el ratón. No somos sus amos, somos sus esclavos. Y cuanto menos lo comprendamos más lo seremos: cuando al menos la mitad de nuestro cerebro y de nuestras funciones cerebrales ‘tradicionales’, consideradas durante siglos como algo precioso, estén monopolizadas por esa dulce mercancía que desde su nacimiento se vende como churros, que sirve para todo y para todo el mundo, y que es a un tiempo más democrática y autocrática que cualquier poder político que haya conocido la humanidad” (2016), hoy en camino de la posthumanidad, es decir, de un nuevo ser, con una nueva “moralidad” cerebral y conductual.
