Campos Ortega Romero
En nuestro entorno, en tiempos de elecciones palabras como Dios, democracia, amor, honestidad, espiritualidad, solidaridad con las masas, Plan Fénix, una central de inteligencia, reforma tributaria, no subir la edad para la jubilación, mejorar las condiciones de los centros penitenciarios, estudio y trabajo para la juventud, y verdad; son ejemplos de palabras abusadas por la belleza de cuanto representan.
Tomemos a Dios como ejemplo: es una palabra poderosa. No obstante, con frecuencia se vuelve escudo del fanatismo o de la impostura. Distinguimos a un ateo honesto, fiel a sus principios, antes que un devoto dispuesto a justificar crímenes y explotación en nombre de su fe.
Se puede hablar de indiferencia frente a Dios cuando no se fortalece en comprensión a partir de un pensamiento acorde con el amor en toda su magnitud. Este enfoque de vida no se ajusta al fanatismo de algunos profesantes. No importa creer en un Ser Supremo si los actos cotidianos no reflejan los principios humanísticos. La fe no es un acto de proclamación; se orienta en un conocimiento más profundo de nuestro ser interior, vinculado con la verdad de no hacerle mal a nadie. Solo así, la palabra “Dios” se revela como fuerza infinita y se transmuta en experiencia suprema.
El amor, en su esencia más pura, es multidimensional; sin embargo, lo hemos reducido a una transacción mercantil y a un cálculo egoísta. El vínculo profundo entre cuerpo y espíritu se reemplaza por apariencias efímeras. El amor, como palabra, trasfiere el pensamiento mundano si no se intensifica la coherencia de su naturaleza. Es vital y potente en la medida de compenetrarse con la comprensión de ser viscerales con él.
La honestidad es un pilar de las relaciones humanas; no obstante, se ha degradado a una herramienta de artificio. Desde el púlpito de la apariencia, quienes predican rectitud mientras actúan con engaño erosionan el verdadero valor de la palabra. Esta virtud inalienable entraña una vida sincera, reconocer al otro sin limitarlo a una visión reduccionista.
La verdad, sostenida por la praxis de innumerables acciones humanas, se contamina con la avaricia, la corrupción en el manejo económico, político y religioso, el prejuicio y el insaciable deseo de poder. Este deterioro constante la despoja de su lógica objetiva, transformándola en una máscara del verdadero rostro de la civilización.
Tanto la verdad social como la individual se erosionan en un entorno donde el embuste se normaliza. El candidato presidencial miente a los demás y a sí mismo con cinismo, ignora las consecuencias y acelera sus pasos al abismo, amenazando la integridad personal y colectiva. En este juego de falsedades, la verdad no solo se oculta, se mutila, deja tras de sí un vacío, el cual se extiende por todas las dimensiones de la convivencia humana.
Honorable es otra de las palabras abusadas, pues su interpretación de “honrado” no se corresponde con la infinidad de veces vejada por quienes afirman proceder de acuerdo con su etimología. El concepto de honorabilidad está permeado por la astucia, y se presenta como algo positivo, respaldado por poder y dinero.
Aseveran ser personas honorables; en su currículo de vida, sin duda, deja ver un rastro de sangre y maldad. Para ser honorable, es imperativo vivir conforme al precepto de la integridad, sin despojar al semejante. Si razonamos la palabra “honorable” en el espejo de los hechos, de seguro esta será invisible en el cristal de la dignidad.
La política es una de las palabras más vilipendiadas cuando se confronta con los resultados de su ejercicio democrático. El político sátrapa desfigura las esferas socioeconómicas de un país y transmuta la política en un acontecimiento patético, una estructura incapaz de reflejarse en el espíritu de la equidad. La política genuina, con el tiempo, se ha deteriorado en un manuscrito ilegible, sin traductores capaces de descifrar su significado.
En conclusión: unir palabra y acción es indispensable; afirmar principios no basta, deben transformarse en actos libres de fingimiento y manipulación. Solo así se alcanza la legítima armonía entre pensamiento y práctica, una virtud forjada con probidad y justicia. Las palabras abusadas por la insensatez se disuelven en sombras sin reflejo sobre los hechos. Usted, amable lector, tiene la palabra en las próximas elecciones, camino y puente de esperanza o condena. Así sea.
