Santiago Armijos Valdivieso
A propósito del año nuevo, momento en el que muchos pensamientos rondan nuestra vida como consecuencia del inventario íntimo del ciclo que se cerró en el 2024, propongo en este artículo, con la intención de pellizcar la buena vibra, un tema que ha captado mi atención. Se trata de la sana actividad que realizan los grupos de caminantes lojanos, quienes paso a paso recorren las entrañas de nuestra tierra para sentir y saborear su hermosa geografía, llena de vistosos caprichos naturales en los que convergen montañas, vegas, añosos árboles, dulces ríos, pintorescas cascadas y fragante y multicolor flora y vegetación.
Entre esos entusiastas caminantes lojanos, quienes se organizan a punta de amistad y con la brújula de la unión y la querencia inclaudicable a los escenarios naturales con los que el Todopoderoso dotó a Loja, se cuentan hombres y mujeres, jóvenes y adultos plateados por el tiempo, esbeltos y no tan esbeltos, altos y pequeños. Eso sí, todos revestidos de entusiasmo e ilusión por transitar a pie y conocer todo aquello que sepa a verde aventura y a reconfortantes caudales para beber fraternidad y camaradería.
Y es que no les falta gota de razón para hacerlo, si tomamos como sagrada referencia que los grandes líderes espirituales, que inspiraron a las tres religiones monoteístas más grandes del mundo, fueron ejemplares caminantes sin descanso, cuyas profundas reflexiones, enseñanzas y ejemplos, tuvieron como principales escenarios a los polvorientos caminos de la antigüedad. Esto es tan cierto que Jesús (fundador del cristianismo) fue un extraordinario hombre que recorrió muchos sitios de Oriente Medio, viajó de Judea a Galilea, visitó Jerusalén, fue a pescar en el mar y transitó por el desierto. Asimismo, Mahoma (inspiración del islam) recorrió muchas veces el desierto en caravanas para impartir sus dogmas. Por su parte, el profeta Moisés (iluminación del judaísmo) cumplió un largo periplo de cuatro décadas por el desierto en busca de la Tierra Prometida. Temas como estos son abordados por Mario Mendoza en su novela “Los Vagabundos de Dios”, cuya cautivadora historia merece ser leída, especialmente, por quienes se precien de ser caminantes ya que, en varios de sus pasajes, con razón y verdad, se invita a reflexionar en torno a que el caminar es una forma de renacer, bajo el argumento de que quien lo hace, ya no es el mismo al llegar a la meta.
Pienso que esto es una gran verdad, porque, en esencia, el existir no es otra cosa que una aventura en la que todo cambia constantemente, sin posibilidad de retorno al sitio de partida, si es que este existe; y, precisamente por ello, el acto de trasladarnos de un lugar a otro, gracias a nuestro propio cuerpo y esfuerzo, es la clara evidencia de que la vida fluye y se transforma de manera inmutable para escapar de nosotros mismos y alejarnos de nuestro ego, de nuestros errores y temores que tanto nos afecta y disminuye.
Consecuentemente, las caminatas son actos solemnes y de renovación, las cuales adquieren mayor connotación cuando se las practica en compañía de los buenos amigos porque, a más de los enormes beneficios que brinda el ejercicio físico y la transformación existencial, permiten el intercambio mutuo de experiencias a través de la buena conversación que nace espontáneamente, paso a paso, en las distintas trochas, caminos, senderos y recovecos.
Para que esta bienhechora actividad toque a más personas, cabe anhelar que las cofradías de caminantes se multipliquen para abrazar la salud física y mental, pero, sobre todo, para combatir el individualismo mezquino y vacío que tanto afecta a las sociedades de hoy.
¡A caminar se ha dicho! Feliz Año Nuevo, estimados lectores.
