La festividad de la palabra y la comunidad informatizada

Galo Guerrero-Jiménez

Nuestro lenguaje, nuestra palabra, traducida en oralidad, en escritura, en lectura, en escucha y en gestualidad representa el modelo de vida que tenemos del mundo para percibirlo y actuar ante él para hacer comunidad ante la naturaleza y ante el ser de lo humano, conviviendo y actuando según la experiencia que desde nuestra formación educativo-cultural y ecológico-contextual, nos permita responder a través de nuestros órganos sensoriales, con los cuales vamos conformando una experiencia que, desde nuestro actuar naurolingüístico, podamos valorar, como señala Robert Diltsen, el significado que posee la experiencia sensorial como la fuente primordial de todo nuestro conocimiento acerca del medio, así como la materia prima fundamental para la construcción de nuestros modelos del mundo (2008) y del ser.

Estos modelos mentales a través de las variantes del lenguaje para actuar en la cotidianidad del mundo, se constituyen en componentes muy fuertes de comportamiento que influyen en el actuar de los demás; así, por ejemplo, si tomamos la palabra en cuanto voz de la madre para proteger a sus hijos recién nacidos, la voz de ella “los calma, los acompaña y les proporciona sosiego. Cada lengua tiene maneras específicas para acariciar lingüísticamente a los bebés. Arrullos, cantos de cuna y nanas constituyen la primera literatura que todo ser humano encuentra en la cultura que lo trae al mundo. La literatura para bebés es una propiedad antropológica del lenguaje humano que existe en todas las lenguas” (Cabrejo Parra, 2020), al igual que existen infinidad de vínculos lingüísticos para todas las edades que en calidad de elementos simbólicos sirven para humanizarnos desde nutridos procesos neurológicos, psíquicos y culturales.

Desde luego que, en este andarivel psico-sociológico y neurolingüístico, nos acompaña también un tráfago de circunstancias que pueden ser adversas para una adecuada tonalidad de lo plenamente humano, como sucede con la hiperactividad y la hipercomunicación que destellan las tecnologías virtualizadas que no permiten un espacio para la placidez de nuestro mundo interior ni para la contemplación espiritual de lo mundano, ni para apreciar la sabiduría del conocimiento, en medio de tanta información y de datos informatizados que provocan un exceso de trabajo y de cansancio mental que no le permiten al internauta digerir cognitivamente a plenitud ese mundo de lenguaje que solo sirve para actuar y no para disfrutar desde la fiesta de la contemplación en un espacio de ociosidad cultural y de narratividad tan bien traídos para identificarse con la comunidad, como debería ser el ideal de lo auténticamente humano.

Por eso, el trabajo informatizado en exceso, antes que conectar, “desconecta y aísla a las personas. La absolutización del trabajo y el rendimiento desmantela el ser en cuanto ser-con. La fiesta, por el contrario, crea comunidad. Reúne y une a las personas. El sentimiento de festividad [desde la contemplación] es siempre un sentimiento de comunidad, un sentimiento-de-nosotros” (Han, 2024), es decir, de identificación comunitaria, lingüística, estética y ética con lo profundo del lenguaje para un adecuado acomodamiento psíquico de nuestro comportamiento que, por la carencia de actividad intelectual, vive apabullado, ofuscado.

La fiesta de la contemplación en cuanto silencio meditado interiormente para revitalizar nuestra relación con el lenguaje del amor a la vida; para que la pobreza amorosa del mundo digital no nos deprima por exceso de informatización y, ante todo, para que no nos aísle de lo humano, dado que el encuentro en comunidad está agonizando por culpa de la libertad infinita y de elección para narcificarse de sí mismo y subjetivarse como objeto de consumo en el tráfago de la informatización que lo que está provocando es una atrofia del pensamiento neurolingüístico.