Numa P. Maldonado A.
Un episodio indignante a los ojos del mundo, por decir lo menos, tuvo lugar el pasado 10 de enero en Caracas, Venezuela, cuando el dictador Maduro, amplio perdedor en las elecciones del 28 de julio del 2024, abusivamente amparado por una élite militar cómplice y beneficiaria de ingresos ilícitos y prebendas, y de una geopolítica supuestamente bipolar que disputa el poder mundial y utiliza perversamente la ideología como pretexto para sojuzgar a las grandes mayorías, se autoproclamó como dignatario del sufrido país hermano. Con lo cual la llamada Dictadura Chavista llegaría a 31 años, siguiendo el ejemplo de las sangrientas dictaduras de Haití (Duvalier /Papa Doc, 14 años), Republica Dominicana (Trujillo, 31 años) , Cuba (Hermanos Castro, 66 años), Nicaragua (Dinastía Somoza, >50 año Ortega y Murillo, desde el 2006), Paraguay (Stroessner, 34 años). Esa autoproclama, avalada por la presencia de tres dictadores (Diaz Canel de Cuba y Ortega de Nicaragua y de El Congo), representantes diplomáticos de Rusia, China e Irán y de Brasil, México y Colombia, e invitados de otros países latinoamericanos, entre otros Eduardo Franco Loor, flamante vocal del Cpccs de Ecuador; sin lugar a dudas causó una dolorosa desazón en gran parte de la población latinoamericana y el mundo, no se diga en el valeroso pueblo venezolano. Pero también la indignación mundial y un motivo de seria reflexión sobre el futuro inmediato para nuestros países y pueblos latinoamericanos.
Cómo es posible que, desde la época de la independencia del Colonialismo Europeo, a costa de sangrientas batallas y enormes sacrificios, no hayan podido aun salir del nuevo colonialismo, esta vez liderado no por imperios sino por minúsculos grupos malvados, egocéntricos, ávidos de poder y riqueza mal habida, y carentes del más elemental sentimiento de compasión (no se diga de principios éticos y morales), escondidos bajo una falsa careta ideológica, de extrema derecha o de extrema izquierda, se hayan adueñado inmunemente de nuestros países para exclusivo beneficio propio, convirtiéndose en malvados dictadores. El caso del llamado Socialismo del Siglo XXI, apuntalado por las nefastas dictaduras de Cuba y Nicaragua, y países con gobiernos aun con rasgos democráticos como México, Brasil y Bolivia, y momentáneamente Colombia; y, del otro lado, el caso de la extrema derecha, menos agresivo, pero igualmente ineficiente y extremadamente inequitativo que, liderado por el gran capital, provoca masivas migraciones para sobrevivir, son un claro ejemplo.
Al parecer, los extremos llamados (falsa y perversamente) ideológicos, se unen y a un pueblo desorganizado como el nuestro, con mucho de estupidez ideológica repartida por igual hacia la derecha o la izquierda, le toca (nos toca) escoger para elegir, hoy por hoy, en vísperas de nuevas y vitales elecciones, cual es el mejor escenario, o el menos peor, el que nos permita discernir y encontrar un camino de salida de este permanente asedio a nuestras elementales libertades, la gran razón para vivir.
Quiero terminar esta corta entrega, resaltando dos escenarios que nos podrían servir de ejemplo: 1) Uruguay, país que logró superar las sangrientas dictaduras de fines del siglo pasado (Plan Cóndor) con desaparecidos, torturados y miles de presos políticos, similar a la actual dictadura de Maduro, hoy disfruta de una democracia alternativa ejemplar: luego de 5 años del gobierno de Lacalle Pou, del Partido Nacional, acaba de triunfar Yamandu Orsi, del Frente Amplio de Mujica; 2) Ecuador, con gobiernos de derecha e izquierda que no han podido detener dos grandes olas de migración, la última en estos últimos gobiernos.
