Desbordar el corazón

Por: Sandra Beatriz Ludeña

El mundo está lleno de ira, rabia, sufrimiento, no moverse, cerrar los ojos, mientras un globo de debilidad sube desde el corazón, trasciende las alturas, atraviesa la atmósfera y mira el universo con poder, equivale a contemplar el cielo como un campo donde brillan las tumbas de los buenos.

El enfado es cada vez más común porque la vida es insatisfactoria, en ese campo florece la ira interna disimulada. La ira como el enojo son emociones de un mismo jardín, mas, su crecimiento puede desbordar el corazón, terminar en venganza, violencia y agresión. Con la visión de un ojo desbordado por la ira, la venganza es un acto natural de justicia, la agresión un mecanismo defensivo y, la violencia sacia debilidades para pretender fortaleza.

La mano de un niño dirige la guerra, pero, esta vez los soldados no son de goma, las armas no son juguete, la ira es una bomba que nunca antes explotó. En la escuela no enseñaron a controlar el desbordamiento del corazón. Un niño baila su alegría lo mismo que su enojo. Por esto, es natural que el pájaro vuele, lo mismo que el niño haga berrinche. Pero, como diría el Buda, acaso esto garantiza que no se encienda en el futuro.

Si por un lado es aconsejable que vivamos las emociones, también es necesario controlarlas. Los budistas practican el amor, la compasión y la tolerancia.  Retorno al niño que todos somos para decir que tanto el ayer como el presente, funcionan como campo de estrellas, donde depositamos emociones, allí brillarán esperanzas sean del bien o del odio.

Sin embargo, la filosofía budista dice del enojo, que siempre es desaconsejable, porque destruye el bien que hemos creado. Esto es como entregar un pajarito a un niño con la misión de cuidarlo, y aunque en interminables días lo cumple, en un instante oscuro, con la ira en su corazón por no volar como el pájaro, lo destruye.  ¿Cómo controlamos este ojo del niño perdido? Sabemos que en el enojo, no es feliz, y que detrás de la violencia hay mares desbordando la cordura.

La vida no es fácil, el ciclo del “samsara” enseña que las reglas del juego son para todos. Si aprendemos a comprender al resto, controlamos el enojo, entonces, vivimos las emociones evitando el desbordamiento.

La paciencia es uno de los mejores extintores para el fuego de la ira, combatir un incendio con más fuego, no parece una idea inteligente. La paciencia da un respiro para que la chispa del enojo se apague.  

Aprender del enemigo viene bien para atacar el conflicto, hacer lo contrario de lo que normalmente haríamos, representa a dibujar en esa hoja en blanco, al mismo niño herido, como uno en paz, que nos observa tranquilo, incorruptible, al cual nada le puede afectar. Aprender a manejar la ira y el desbordamiento del corazón, funciona para que el niño interno vuele su cometa de la vida.