P. Milko René Torres Ordóñez
El Papa Francisco instituyó el 30 de septiembre del año 2019 el “Domingo de la Palabra de Dios” con la finalidad de recordar la importancia de la Sagrada Escritura en el mundo entero. La Biblia contiene el mensaje de amor de Dios para que los hombres y mujeres creamos y tengamos vida en plenitud. En el Antiguo Testamento, Esdras, un hombre de Dios llamado a fortalecer la fe del pueblo de Israel, desterrado en lugares lejanos, reúne en una asamblea solemne a todos los hombres y mujeres para levantar el libro de la ley.
Proclama con autoridad el día consagrado al Señor. Exhorta a no vivir tristes, recordando los infortunios del pasado, porque Dios concede fortaleza a quienes lo reciben con esperanza. El pueblo creyente y sencillo responde, levantando las manos, “¡Amén!”. Con una actitud humilde inclina su rostro y se postra en tierra. Las manifestaciones de apertura y respeto al nombre de Dios significan cercanîa y gratitud ante quien los ha sacado de una tierra de esclavitud. El hombre que vive con Dios no necesita algo mejor. Dios no castiga al hombre. Tiene entrañas de misericordia. Las grandes ciudades, viven sin Dios, queman cada momento de paz con un egocentrismo marcado por la autosuficiencia.
Dios vive en el corazón de cada hombre de buena voluntad. En unidad de fe. El autor del Salmo 18 resume en pocas palabras la gratitud de quien vive con alegría la presencia del Señor: “Tú, tienes, Señor, palabras de vida eterna”. San Pablo, en la primera de las cartas a la comunidad de Corinto, reflexiona en torno a la importancia de valorar nuestra pertenencia al cuerpo de Cristo, la Iglesia, guiada por la acción del Espíritu Santo. Nosotros, creyentes, somos miembros de Cristo, con diversos carismas y dones. Llamados a peregrinar por cada rincón del mundo y anunciar la Buena Noticia. San Pablo cuestiona el alcance de nuestro protagonismo. Nos anima a fortalecer una dimensión importante y necesaria, la unidad, porque subraya una de las muchas debilidades que afectan cada tarea evangelizadora.
En el itinerario apostolico de Pablo nos encontramos con otro personaje que escribe con suma claridad la actualidad y la presencia de Jesús en la historia, en el tiempo, en la vida del mundo. San Lucas, médico griego, escritor e historiador, narra con detalle las cosas que han sucedido gracias al testimonio de quienes las vivieron desde el principio, puesto que ayudaron en la predicación del mensaje del maestro más grande en la historia de la humanidad. Jesús, en la sinagoga de Nazaret, proclama la lectura del profeta Isaias.
Como ayer, los asistentes miran con atención y escuchan con detenimiento la predicación de un hombre que creció entre ellos. La conclusión de la historia que narra San Lucas, determinante y testimonial, tiene una frase clave: “Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acaban de oir”. San Lucas anuncia, con un texto programático, el camino de la Iglesia. Presenta las condiciones de fidelidad al resucitado. Como comunidad creyente debemos tomar conciencia que nuestra misión evangelizadora no tiene fronteras, no excluye a ninguna persona. Jesús, el gran Maestro, ilumina con la fuerza de cada palabra la tarea encomendada.
