El ritmo y la música lingüística de las palabras

Galo Guerrero-Jiménez

Si el cuerpo posee infinidad de capacidades rítmicas, hasta hacer de él todo un componte artístico desde la danza, el baile, la actuación teatral, los deportes y otras gestualidades dramáticas que llegan a manifestarse en una estética corporal admirable; también el lenguaje en los albores de la humanidad surgió no tanto desde la palabra debidamente codificada, sino desde el ritmo a través de la música que, quizá, fue la que impulsó a darle nombre a las cosas, y con ello, un ritmo, un susurro, un silbido, y todo elemento musical desde el encanto y admiración por la naturaleza, se fue  consolidando en lenguaje humano, verbalizado, artístico y utilitariamente creado a propósito para consolidar la familia y la comunidad en auténticos laboratorios de creatividad comunicativa entre la palabra, el cuerpo humano y la naturaleza.

Esta creatividad musical y tonalidades lingüísticas diversas del lenguaje se dan desde siempre a lo largo de la evolución humana, quizá, porque, como señala el neuro científico y músico Daniel Levitin: “Creamos porque no podemos dejar de hacerlo, porque nuestro cerebro está programado para ello, porque la evolución y la selección natural favorecieron a los cerebros cuyo impulso creativo podía utilizarse para encontrar refugio o comida en situaciones difíciles, para procrear  y cuidar de la descendencia al competir para lograr aparearse. La posesión de un cerebro creativo indicaba flexibilidad cognitiva y emocional” (2019), lo cual ha permitido que hasta hoy la humanidad continúe en ese desarrollo vertiginoso de creatividad lingüístico-narratológica, no solo desde el lenguaje oral, sino desde la lectura y la escritura, como grandes potencializadores de la cognición para el desarrollo científico, tecnológico, artístico, literario y humanístico en general a través de diversidad de lenguajes rítmicos, técnicos y utilitarios en este gran andarivel de la globalización, de la hiperactividad y de la comunicación cibernética.

El lenguaje, como el gran impulsor de la vida para sentirnos emocionalmente equilibrados cuando leemos y cuando escribimos, para sentirnos más cerca de la naturaleza, y más identificados con nuestros congéneres desde la infinidad de elementos rítmicos que crea la plasticidad del cerebro para seguir encontrándonos como seres humanos. Al respecto, la escritora española Irene Vallejo sostiene que “el ritmo no es solo un aliado de la memoria, sino que es también un catalizador de nuestros placeres —la danza, la música y el sexo juegan con la repetición, el compás y las cadencias—. También el lenguaje posee infinitas posibilidades rítmicas. La épica griega fluye en hexámetros, que crean un peculiar ritmo acústico a través de combinaciones de sílabas largas y breves. (…) Junto a la música lingüística, descubrieron otras estrategias para la conservación del recuerdo. Los poemas orales transmitían sus enseñanzas en acción, en forma de relatos, y no de reflexiones; las frases abstractas son propias del lenguaje escrito” (2021), aunque, luego, las reflexiones serían propias del ensayo y de la novela.

Y así, el lenguaje humano ha ido evolucionando, en especial en el desarrollo y creatividad de la literatura que ha sido capaz de recoger artística y socio-psico-emotivo-cultural, porciones micropolíticas de todo tipo de conductas humanas que aparecen en un cuento, en una novela, en un poema…, hasta lograr que no solo el lenguaje escrito sino la conducta del lector, sea enormemente creativa, llamativa, absorbente, incluso hasta en la persona que aún no sabe leer, como la del niño que se contagia de la voz de su madre, de lo cual hay muchos testimonios de contagio lector, como el que cuenta Irene Vallejo: “Sin la voz de mi madre, la magia no se hacía realidad. Leer era un hechizo, sí. Conseguir que hablasen esos extraños insectos negros de los libros, que entonces me parecían enormes hormigueros de papel” (2021), pero, con esa magia especial que, en efecto, produce el tono, el ritmo y la actitud amorosa de la madre lectora.