David Santiago Maldonado Peralta
Llueve sobre Loja y, como cada invierno, la ciudad se convierte en un tablero de ajedrez donde las fichas se mueven a tientas entre el agua estancada, los socavones y los parches de asfalto improvisados que resisten con la terquedad de quien se niega a admitir la derrota. Es curioso cómo, año tras año, el espectáculo se repite con exactitud matemática: la temporada invernal llega, los sistemas de drenaje colapsan, los deslaves aparecen en las carreteras como invitados indeseados y, con un cinismo bien ensayado, las autoridades aseguran que todo está bajo control.
Hace apenas un año, Loja sufría la otra cara de la moneda: una sequía prolongada que desnudó la fragilidad de nuestra infraestructura hídrica y la desconexión de la administración pública con la realidad. Durante meses, los habitantes racionaron el agua como si vivieran en pleno desierto, mientras los discursos oficiales se llenaban de eufemismos y promesas vagas sobre proyectos de abastecimiento que nunca llegaron. Y ahora, con las lluvias golpeando sin tregua, queda claro que la planificación es un lujo que nuestras autoridades simplemente no consideran necesario.
La incompetencia administrativa se mide en metros cúbicos de agua estancada y en toneladas de lodo que se deslizan sobre las vías mal diseñadas. Se habla de “fenómenos naturales”, como si la lluvia fuera una sorpresa inédita en una ciudad andina, como si la erosión y los deslizamientos fueran eventos fortuitos y no el resultado de una negligencia crónica en la gestión del territorio. Se repiten los comunicados oficiales donde se promete evaluar la situación, movilizar maquinaria y brindar asistencia a los afectados. Y luego, nada. El olvido se instala con la misma velocidad con la que el agua desborda las quebradas mal canalizadas.
En la memoria colectiva de los lojanos quedan los episodios de emergencia como heridas abiertas que nunca terminan de cerrar. El puente que colapsó el año pasado, la carretera que se partió en dos, los barrios que quedaron aislados porque las soluciones siempre llegan tarde y mal ejecutadas. Lo llamativo es que los problemas se repiten con una precisión que ya roza el absurdo: las mismas calles inundadas, los mismos cortes de luz, las mismas excusas de siempre. Uno pensaría que, al menos por orgullo, las autoridades harían el esfuerzo de improvisar una nueva explicación. Pero no, la culpa siempre es del clima impredecible, del presupuesto insuficiente, del gobierno central, del destino, de cualquier cosa menos de la falta de planificación.
Lo que no se dice, lo que rara vez se menciona en los discursos oficiales, es que la infraestructura urbana en Loja no está diseñada para resistir un clima que, paradójicamente, ha sido el mismo desde siempre. La falta de inversión en sistemas de drenaje adecuados, la mala calidad de las obras públicas y la desidia en el mantenimiento de alcantarillas y quebradas convierten cualquier tormenta en una crisis. Y cuando la crisis llega, el ciclo se repite: la emergencia, la indignación ciudadana, la respuesta tibia de las autoridades, la resignación y la espera de la próxima tragedia.
La pregunta es: ¿hasta cuándo? ¿Cuántos inviernos más tendrán que pasar para que la administración pública asuma su responsabilidad y deje de actuar como si la lluvia fuera una sorpresa inverosímil? Mientras los discursos se reciclan y las promesas se desvanecen con la primera llovizna, la ciudad sigue a merced de una improvisación que ya bordea la negligencia criminal.
Las soluciones existen, pero requieren voluntad y compromiso. No se trata de esperar que una autoridad iluminada resuelva de un plumazo décadas de abandono, sino de adoptar estrategias que ya han demostrado ser efectivas en otras ciudades con problemas similares. Sistemas de drenaje bien diseñados, mantenimiento preventivo de vías y alcantarillado, reforestación de zonas vulnerables a deslizamientos, regulaciones estrictas para la construcción en áreas de riesgo. Nada de esto es imposible, pero sí requiere un cambio en la forma en que se entiende la gestión pública: no como un ejercicio de reacciones tardías, sino como una planificación seria y a largo plazo.
Loja no puede seguir siendo una ciudad que sobrevive a los inviernos en lugar de prepararse para ellos. No puede continuar con administraciones que se limitan a apagar incendios en lugar de evitar que se propaguen. La lluvia seguirá cayendo, la sequía volverá eventualmente, y el verdadero reto es dejar de ser una ciudad que, cada año, se sorprende de que el agua moja y de que el sol seca. Es hora de exigir más, de no conformarse con explicaciones vacías y, sobre todo, de recordar que la incompetencia no es un fenómeno natural, sino una elección política.
